jueves 5 de noviembre de 2009

Lo que nos faltaba: Una nueva ley kirchnerista

El kirchnerismo va por más. ALERTA ROJA
"en el artículo 4°, en el que se establece de modo inequívoco que es “responsabilidad principal e indelegable” del Estado “la organización, el planeamiento y la evaluación del desarrollo académico, científico, tecnológico, cultural y de vinculación e innovación socioproductiva” del nivel universitario, así como la “gestión de los organismos colegiados donde se debatan y sancionen ordenamientos generales complementarios a las políticas particulares de cada jurisdicción”. Todo lo importante se encuentra, completa e indelegablemente, en manos del Gobierno nacional.

Pero también los amigos del gobierno tienen su parte en el proyecto: la bien conocida FUA (Federación Universitaria Argentina), reducto tradicional de la izquierda estudiantil más recalcitrante y retrógrada, responsable de innumerables tomas, huelgas, escraches y de haber impedido varias veces por la violencia la elección del rector de la Universidad de Buenos Aires, es institucionalizada y elevada, en el artículo 75 del proyecto, a la categoría de agencia única de representación estudiantil en todo el país.

Además, todos los estudiantes, por el solo hecho de ingresar a una universidad -estatal o privada- pasarán a pertenecer al sistema “representativo” encabezado por la FUA, sean cuales fueran sus ideas políticas o sus opciones en materia educativa. Es decir, algo similar, pero más totalitario, que la “personería gremial” de que gozan los sindicatos más poderosos."

http://www.losandes.com.ar/notas/2009/10/30/opinion-454160.asp

(aquí está el resto del post, entre los dos tags de span. sólo será visible clickeando en el link de "seguir leyendo ..."


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lunes 28 de septiembre de 2009

Walter Block:¿ Estaba Ayn Rand equivocada?

Relacionado con el post anterior. Se podría considerar una postura intermedia entre las dos planteadas por aquel.
http://dias-sin-huella.blogspot.com/2008/06/estaba-ayn-rand-equivocada.html
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lunes 31 de agosto de 2009

Religión y Liberalismo. Dos posturas

"La defensa del credo liberal es imposible sin aludir a una base moral y ética. Y hablar de moral y ética es imposible sin referencia a la religión. La separación del Estado de las iglesias es muy saludable para ambas instituciones; pero no significa quitar la religión de los asuntos públicos, y relegarla a un asunto “meramente privado”, del que no cabe hablar en el Congreso ni en los partidos, sus reuniones y documentos...
Expulsar la religión de la mesa de discusión de asuntos públicos fue un éxito para los enemigos de la libertad. Para sus amigos, es de lamentar. Y para los creyentes, es vergonzoso que haya sido con el acuerdo de muchos dirigentes eclesiásticos: a cambio de algunas prebendas y/o una frágil garantía para el culto privado, dieron su silencio, su conformidad o su complicidad a la estatolatría, adoración al ídolo pagano más viejo de la humanidad, y exigente cobrador de los sacrificios humanos más crueles: El Estado."
No es lo mismo:Religión y asuntos públicos Alberto Mansueti

"No es la inmoralidad de los hombres la responsable del colapso que amenaza ahora con destruir al mundo civilizado, sino el tipo de moralidad que se impuso a los seres humanos," escribió la eximia filósofa Ayn Rand. "La responsabilidad es de los filósofos del altruismo. Ellos no tienen motivo para sentirse horrorizados por el espectáculo del éxito que han tenido, ni derecho de condenar a la especie humana: los hombres les obedecieron y llevaron sus ideales morales a la práctica… En aras de un retorno a la moral se sacrificaron todos aquellos males que los hombres consideraron como causante de sus desgracias. Sacrificaron la justicia a favor de la piedad, sacrificaron la independencia a favor de la unidad, sacrificaron la razón en favor de la fe. Sacrificaron la riqueza a favor de la pobreza, sacrificaron la autoestima a favor de la negación del Yo, sacrificaron la felicidad en favor del deber. Destruyeron todo lo que consideraron ser malvado y alcanzaron todo lo que tenían por bueno. Por qué se horrorizan ahora ante el mundo que los rodea? Ese mundo no es el producto de vuestros pecados, sino el producto y la imagen de vuestras virtudes. Es su ideal moral llevado a la realidad en su forma total y perfecta. (de "La Ética Objetivista" y "La Rebelión de Atlas")...
Propiciar, promover o adherir a religión alguna es, para los liberales, desacertado por incongruente. Las religiones son la antítesis directa de la libertad del individuo, son las camaradas y defensoras de todas las doctrinas colectivistas que han llevado tanto mal a las poblaciones del mundo entero. Es preciso que los liberales que no adhieren al Objetivismo o que desconocen sus premisas, comprendan que adherir a una religión como fundamento moral de sus ideas es cometer una trágica contradicción en términos. Ninguna religión fundamenta a las ideas liberales, por más que haya habido y todavía existan quienes quieran adherir a tal despropósito. "


Religión y liberalismo Manfred F. Schieder

Dejo las consideraciones sobre cual es la postura correcta al lector.


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domingo 26 de julio de 2009

FALACIAS DE LA TEORÍA DE LOS BIENES PÚBLICOS Y LA PRODUCCIÓN DE SEGURIDAD

Hans-Hermann Hoppe

En 1849, cuando el liberalismo clásico era todavía la ideología predominante y los términos “economista” y “socialista” se consideraban (con razón) antónimos, Gustave de Molinari, prestigioso economista belga, escribió: “Si existe en economía política una verdad bien fundamentada, es ésta: En todos los casos, sean cuales fueren los bienes que satisfacen las necesidades materiales e inmateriales del consumidor, lo que más le conviene a éste es que el trabajo y el comercio se desarrollen en libertad, porque esto tiene como consecuencia necesaria y permanente la máxima disminución del precio. Y ésta: Sea cual fuere el bien de que se trate, el interés del consumidor debe prevalecer siempre por sobre los intereses del productor, La observación de estos principios lleva a esta rigurosa conclusión: Que la producción de seguridad debe someterse a la ley de la libre competencia, en interés de los consumidores de este bien intangible. Por consiguiente: Ningún gobierno tiene el derecho de evitar que otro gobierno entre en competencia con él o de exigir a los consumidores de seguridad que acudan exclusivamente a él en procura de este bien”. Y, con respecto a la totalidad de la argumentación, agrega: “Si esto no es lógico y verdadero, los principios sobre los cuales se basa la ciencia económica carecen de validez”.



Aparentemente, sólo hay un modo de rehuir esta desagradable conclusión (así, por lo menos, la consideran todos los socialistas): sostener que existen determinados bienes a los cuales no se aplica este razonamiento general, por ciertas razones especiales. Y esto es lo que han decidido probar los denominados teóricos de los bienes públicos. Sin embargo demostraré que en realidad no existen bienes ni razones especiales, y que la producción de seguridad no plantea un problema diferente del de la producción de cualquier otro bien o servicio, ya se trate de casas, quesos o seguros. Toda la teoría de los bienes públicos, pese a sus numerosos seguidores, es defectuosa, plagada de razonamientos rimbombantes, incoherencias internas y falsas conclusiones, apela a los prejuicios populares y a las creencias aceptadas y se sirve de ellas, pero no posee ningún mérito científico.

Entonces, ¿qué nos ofrece el camino que los economistas socialistas han hallado para escapar de las conclusiones de Molinari? Desde los tiempos de Molinari, la pregunta de si existen bienes a los que pueden aplicarse distintos análisis económicos ha recibido, con creciente frecuencia, una respuesta afirmativa. En realidad, es casi imposible encontrar un solo texto de economía contemporáneo que no destaque la importancia vital de distinguir entre bienes privados, para los cuales se acepta en general la superioridad del orden de producción capitalista, y bienes públicos, en cuyo caso se la niega. Se afirma que ciertos bienes o servicios -entre los que se cuenta la seguridad- poseen la especial característica de que no están limitados a quienes realmente han pagado por ellos. Por el contrario, pueden disfrutarlos aun las personas que no han participado en su financiación. Se los denomina bienes o servicios públicos, en contraste con los bienes o servicios privados, que benefician exclusivamente a los que los han pagado. Y se aduce que esta característica especial de los bienes públicos es la que determina que los mercados no los produzcan, o por lo menos no en la cantidad o con la calidad suficientes, por lo cual se necesita la acción compensadora del estado.

Los ejemplos que ofrecen diferentes autores acerca de los presuntos bienes públicos varían muchísimo. A menudo clasifican de manera diferente el mismo bien o servicio, lo que hace que ninguna clasificación de un bien particular sea irrefutable; esto prefigura claramente el carácter ilusorio de toda diferenciación. Hay, sin embargo, algunos ejemplos de bienes públicos que gozan de particular aceptación entre el público, como el cuerpo de bomberos, que al apagar un incendio evitan que la casa del vecino sea alcanzada por el fuego, con lo cual éste se beneficia aunque no haya contribuido en absoluto a financiarlo; o la policía, que patrulla las inmediaciones de mi casa e impide así que los ladrones entren en la de al lado, aunque su dueño no coopera para el mantenimiento de ese servicio; o el ejemplo del faro, uno de los preferidos por los economistas, que ayuda al barco a hallar su ruta aunque el dueño de éste no haya aportado nada para su construcción o conservación.

Antes de continuar con la presentación y el examen crítico de la teoría de los bienes públicos, investiguemos hasta qué punto resulta útil la distinción entre bienes privados y públicos para ayudar a decidir cuáles deben ser producidos en forma privada y cuáles por el estado, o con ayuda de éste. Ni siquiera el análisis más superficial podría dejar de señalar que si se utiliza el supuesto criterio de no exclusión, en lugar de encontrar una solución razonable, se originarían grandes dificultades. Por lo menos a primera vista parecería que algunos de los bienes y servicios provistos por el estado podrían calificarse verdaderamente como bienes públicos, pero no se ve con claridad cuántos de ellos, cuya producción está realmente a cargo de aquél, pueden incluirse en esa categoría. Los ferrocarriles, los servicios portales, los teléfonos, las calles y otros por el estilo, parecen ser bienes cuyo uso puede ser limitado a las personas que los financian, por lo cual se manifiestan como bienes privados. Lo mismo puede decirse sobre muchos aspectos de un bien tan polifacético como la “seguridad”: cualquier cosa pasible de ser asegurada puede calificarse como un bien privado. Con todo, esto no basta, ya que, así como hay un sinnúmero de bienes provistos por el estado que parecen ser en realidad privados, también existen muchos, producidos en forma privada, que podrían incluirse en la clase de los bienes públicos. Es obvio que mis vecinos pueden disfrutar contemplando los rosales de mi jardín, con lo cual se benefician sin haberme ayudado jamás a cuidarlos. Lo mismo puede decirse de todas las mejoras que yo haya hecho en mi propiedad, que al mismo tiempo han aumentado el valor de las aledañas. La actuación de un músico callejero proporciona placer incluso a aquellos que no depositan una moneda en su gorra. Los pasajeros que viajan conmigo en el ómnibus no me han ayudado a comprar mi desodorante. Y todos aquellos que se relacionan conmigo son beneficiarios de los esfuerzos que he realizado, sin su aporte económico, para convertirme en una persona digna de aprecio. Entonces, todos esos bienes que poseen evidentemente características de bienes públicos -los rosales de mi jardín, las mejoras en mi propiedad, la música callejera, el desodorante, el perfeccionamiento personal-, ¿debe ser provistos por el estado, o con ayuda de éste?

Todos estos ejemplos indican que hay un serio error en la teoría según la cual los bienes públicos no pueden ser producidos en forma privada sino que requieren la intervención del estado. Es obvio que el mercado puede producirlos. Mas aun, la evidencia histórica demuestra que todos los denominados bienes públicos cuya producción está ahora a cargo del estado fueron en otros tiempos provistos por la empresa privada, y aún lo son hoy en día en algunos países. Por ejemplo, los servicios postales se financiaban en forma privada prácticamente en todas partes; las calles eran privadas (todavía siguen siéndolo en algunos lugares); hasta los famosos faros fueron antaño fruto de la iniciativa privada; existen fuerzas de policía, detectives y árbitros privados, y tradicionalmente las organizaciones caritativas privadas han velado por los enfermos, los pobres, los ancianos, los huérfanos y las viudas. Por lo tanto, la experiencia desmiente una y cien veces que todas esas cosas no puedan producirse en un sistema de mercado.

Además, surgen otras dificultades cuando se utiliza la distinción entre bienes públicos y privados para decidir qué es lo que se deja librado al mercado. Por ejemplo, ¿qué pasaría si la producción de bienes públicos tuviera consecuencias negativas, y no positivas, para otras personas, o si las consecuencias fueran positivas para algunos y negativas para otros? ¿Qué pasaría si el vecino cuya casa se salvó del fuego por la intervención de los bomberos que yo contribuí a financiar hubiese deseado que se quemara (tal vez porque estaba asegurada en una suma importante); o si mis vecinos detestaran las rosas o los que viajan conmigo en el ómnibus encontraran desagradable el perfume de mi desodorante? Además, los cambios tecnológicos pueden modificar el carácter de un bien determinado. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el desarrollo de la televisión por cable, que ha transformado en privado un bien que antes era (aparentemente) público. Las modificaciones en las leyes que rigen la propiedad -la asignación de la propiedad- pueden tener un efecto similar al cambiar el carácter de un bien público o privado. Por ejemplo, el faro sólo es un bien público en la medida en que el mar en el que se encuentra es de propiedad pública (y no privada). Pero si se permitiera la privatización de algunos sectores del océano, tal como sucedería en un sistema puramente capitalista, sin duda sería posible excluir de los beneficios que proporciona el faro a los que no pagaran por ellos, porque su luz tiene un alcance limitado.

Dejemos este nivel de análisis un tanto superficial y examinemos con más detalle la distinción entre bienes públicos y privados; descubriremos así que resulta ser totalmente ilusoria. La causa fundamental de que haya tanto desacuerdo en cuanto a la clasificación de un bien dado es que no existe una dicotomía inequívoca. Todos los bienes son más o menos privados o públicos, y el grado en que lo son puede cambiar -de hecho, lo hace constantemente- según se van modificando los valores y las evaluaciones de las personas y va cambiando la composición de la población. Para reconocer que los bienes no pueden ser incluidos de una vez y para siempre en una u otra categoría, sólo hay que recordar qué es lo que convierte a una cosa en un bien. Para que lo sea, alguien tiene que considerarlo escaso y tratarlo como tal. Esto significa que una cosa no es un bien en sí misma sino que sólo lo es para alguien. Únicamente adquiere la condición de bien si una persona la evalúa subjetivamente como tal. De esto se deprende que, si las cosas nunca son bienes en sí mismas -si su condición de bienes económicos no puede determinarse por un análisis fisicoquímico-, es obvio que no existe un criterio invariable para clasificar un bien como privado o público. Los bienes nunca pueden ser una cosa u otra en sí mismos. Su carácter público o privado depende de cuántas o cuán pocas personas los consideran como bienes, y el grado en que son públicos o privados varía a medida que lo hacen las evaluaciones y va desde uno hasta el infinito. Aun aquellas cosas que, al parecer, son absolutamente privadas, como el interior de mi departamento o el color de mis prendas íntimas, pueden convertirse en bienes públicos si despiertan el interés de alguien. Y a la inversa, bienes aparentemente públicos, como la fachada de mi casa o el color de mi overol, pueden llegar a ser muy privados apenas otras personas dejan de interesarse por ellos. Además, las características de un bien pueden cambiar una y otra vez; incluso puede dejar de se un bien público o privado para convertirse en un mal, público o privado, o viceversa; esto sólo depende de cómo cambien las consideraciones acerca de él. Siendo así, no es posible basar ninguna decisión sobre la clasificación de un bien como público o privado. En realidad, para hacerlo sería necesario preguntar virtualmente a cada persona si le interesa o no cada uno de los bienes en particular -en forma positiva o negativa, e incluso hasta qué punto- para determinar quién se beneficiaría con qué y, en consecuencia, quién participaría de la financiación del bien. (¿Y cómo saber si dicen la verdad?) También sería necesario controlar permanentemente los cambios que se producen en las evaluaciones, con lo cual jamás se podría tomar una decisión definitiva con respecto a la producción de nada, y como resultado de esta teoría sin sentido estaríamos todos muertos desde hace mucho tiempo.

Pero aun si pasáramos por alto todas estas dificultades y admitiéramos, en beneficio del argumento, que la distinción entre bienes públicos y privados es aplicable al agua, aquel no probaría lo que supuestamente debe probar. No proporciona razones concluyentes de por qué los bienes públicos -suponiendo que existan como una categoría separada de bienes- deberían ser producidos en modo alguno, ni de por qué debería producirlos el estado y no la empresa privada. La teoría de los bienes públicos, introduciendo la distinción conceptual referida dice en esencia esto: El hecho de que los bienes públicos tengan efectos positivos para las personas que no contribuyen en absoluto a producirlos o financiarlos demuestra que dichos bienes son deseables. Pero es evidente que no serían producidos en un mercado libre y competitivo, o por lo menos no en cantidad y calidad suficientes, porque ninguno de los que se beneficiarían con su producción contribuiría económicamente a ella. Por lo tanto, para que sea posible producir esos bienes (que, aunque evidentemente deseables, no serían producidos de otro modo) el estado debe intervenir y prestar su ayuda. Un razonamiento como éste, que puede encontrarse en casi todos los textos de economía (incluso en los de algunos laureados con el premio Nobel), es totalmente erróneo, y lo es en dos aspectos.

En primer lugar, para llegar a la conclusión de que el estado debe proveer bienes públicos que de otro modo no se producirían es preciso introducir una norma de contrabando en la cadena de razonamientos, porque si no, partiendo de la afirmación de que algunos bienes, por ciertas características especiales que poseen, no serían producidos, no podría inferirse jamás que deberían serlo. Pero al introducir esta norma para justificar su conclusión, los teóricos de los bienes públicos han traspasado los límites de la economía como ciencia positiva, wertfrei, para entrar en el ámbito de la moral o de la ética; en consecuencia podría esperarse que enunciaran una teoría de la ética como disciplina cognoscitiva, para legitimar lo que están haciendo y extraer su conclusión de manera justificada. Sin embargo, nunca se podrá destacar los suficiente el hecho de que en toda la bibliografía existente acerca de los bienes públicos no hay una sola mención de algo que se parezca siquiera vagamente a una teoría cognoscitiva de la ética. Por eso, es necesario aclarar desde el vamos que los teóricos de los bienes públicos están haciendo un mal uso del prestigio que podrían tener como economistas positivos por sus pronunciamientos respecto de temas en los cuales, como sus propios trabajos lo indican, carecen en absoluto de autoridad. ¿Es que, quizá, dieron accidentalmente con algo correcto, sin fundamentarlo en una teoría moral elaborada? Se hace evidente que nada podría estar más lejos de la verdad apenas se pronuncia en forma explícita la norma necesaria para llegar a la conclusión de que el estado debe ayudar a proveer bienes públicos. La norma es ésta: Toda vez que se demuestre de algún modo que la producción de un bien o servicio particular tiene un efecto positivo sobre alguien, pero no se lo puede producir en absoluto, o no se lo puede producir en una cantidad o con una calidad definida a menos que ciertas personas participen en su financiación, está permitido ejercer violencia contra ellas, sea en forma directa o indirectamente con la ayuda del estado, y esa personas deben ser compelidas a compartir las obligaciones financieras necesarias. No hace falta aclarar que la implementación de esta regla conduciría al caos, porque equivale a decir que cualquiera puede atacar a otro cuando le parezca. Mas aún, como lo he demostrado en detalle en otro trabajo (From The Economics of Laissez Faire to the Ethics of Libertarianism), esta norma nunca puede ser considerada como justa. Este tipo de razonamiento, en realidad todo razonamiento, en favor o en contra de cualquier posición, sea ésta moral o no, sea empírica o lógico-analítica, debe dar por sentado que, a la inversa de lo que dice realmente la norma, queda asegurada la integridad de cada individuo como una unidad físicamente independiente para la toma de decisiones. Sólo se puede afirmar algo, y después llegar a un posible acuerdo o desacuerdo al respecto, si cada uno está libre de agresión física por parte de otro. Por lo tanto, el principio de no agresión es la precondición necesaria para el debate y el posible acuerdo y por eso se lo debe defender racionalmente como una norma justa por medio de un raciocinio a priori.

Pero el razonamiento defectuoso que implica la teoría de los bienes públicos no es la única causa de su fracaso. Incluso el raciocinio utilitario, económico, contenido en el argumento es evidentemente erróneo. Bien podría ser que, como lo sostiene la teoría, fuera mejor tener bienes públicos que no tenerlos, aunque no debemos olvidar que no existe una razón a priori por la cual deba ser necesariamente así (en tal caso, el razonamiento de los teóricos de los bienes públicos terminaría aquí mismo). Es muy posible (en realidad es un hecho comprobado) que existan anarquistas cuyo rechazo por la acción estatal llegue a tal punto que prefieran no tener los denominados bienes públicos a tenerlos provistos por el estado. Sea como fuere, aun si aceptamos el argumento hasta este punto, una cosa es afirmar que los bienes públicos son convenientes y otra muy distinta sostener que, por lo tanto, debe proveerlos el estado; esto no es convincente en absoluto, ya que la elección que se nos plantea no es ésta. En vista de que es preciso retirar dinero u otros recursos de posibles usos alternativos para financiar bienes públicos que supuestamente son convenientes, la única pregunta pertinente y apropiada es si estos usos alternativos que se habrían dado al dinero (es decir, los bienes privados que se habrían podido adquirir pero que ya no es posible comprar porque el dinero se gastó en bienes públicos) son más valiosos -más urgentes- que los bienes públicos. Y la respuesta a esta pregunta es bien clara. Desde el punto de vista del consumidor, por alto que sea el nivel absoluto de los bienes públicos, su valor es relativamente más bajo que el de los bienes privados que compiten con ellos, porque si los consumidores pudieran elegir libremente (en lugar de que se les imponga una alternativa), por supuesto habrían preferido gastar de otro modo su dinero (de lo contrario no habría sido necesario usar la fuerza). Esto demuestra, más allá de toda duda, que los recursos empleados en la provisión de bienes públicos se malgastan, porque lo que se provee a los consumidores es, a lo sumo, bienes y servicios de importancia secundaria. En resumen, aun asumiendo que existiesen bienes públicos claramente distinguibles de los privados, y si se pudiera garantizar la utilidad de determinado bien, los bienes públicos deberían competir con los privados. Existe un solo método para descubrir si son más necesarioss -urgentes- o no, y hasta qué punto o, mutatis mutandis, si se los debe producir a expensas de no producir, o producir en menor cantidad, bienes privados más urgentes, y hasta qué punto: permitiendo que todas las cosas sean provistas mediante la libre competencia entre empresas privadas. De ahí que, contrariamente a lo que afirman los teóricos de los bienes públicos, la lógica nos obliga a aceptar la conclusión de que sólo un sistema de mercado libre puede salvaguardar la racionalidad, desde el punto de vista de los consumidores, de la decisión de producir un bien público. Y sólo en un orden puramente capitalista se puede asegurar que la decisión acerca de la cantidad que se debe producir (si es que se debe producir algo) será también racional. Para que el resultado fuese diferente haría falta una revolución semántica de características verdaderamente orwellianas. Los teóricos de los bienes públicos sólo podrían “demostrar” que cuando alguien dice “no”, en realidad quiere decir “si”, que cuando una persona “no compra una cosa” es porque la prefiere a cualquier otra, que la “violencia” realmente significa “libertad”, que “no hacer un contrato” implica “contratar”, etcétera. Pero en este caso, ¿cómo podríamos estar seguros de que realmente quieren decir lo que parecen decir cuando dicen lo que dicen y no quieren significar exactamente lo contrario, o incluso dicen algo que tiene un sentido definido pero no hacen otra cosa que parlotear? El caso es que no podemos saberlo. En consecuencia, M.N. Rothbard está totalmente en lo cierto al hablar de los esfuerzos que hacen los ideólogos de los bienes públicos para probar la existencia de lo que denominan fallas del mercado debido a la falta de producción de bienes públicos, o a una producción cuantitativa o cualitativamente “deficiente” de éstos. Escribe que “un punto de vista como éste interpreta de manera incorrecta la aseveración de la ciencia económica de que la acción del mercado libre es siempre óptima. No lo es desde la perspectiva de la ética personal de un economista, sino desde la de las acciones libres, voluntarias, de todos los participantes, y porque satisface las necesidades libremente expresadas de los consumidores. Por ende, la interferencia gubernamental siempre, y de modo inevitable, alejará esa acción de su punto óptimo”.

En realidad, los argumentos con los que se intenta probar las fallas del mercado son claramente absurdos. Si se prescinde de la jerga técnica, lo único que demuestran es esto: un mercado no es perfecto y se caracteriza por regirse por el principio de no agresión impuesto en condiciones signadas por la escasez; de este modo, aquellos bienes o servicios que solo podrían producirse si la agresión estuviera permitida, simplemente no se producen. Muy cierto. Ningún teórico de la economía de mercado se atrevería a negarlo. Pero, y esto es fundamental, esta “imperfección”del mercado es defendible, tanto en el aspecto moral como en el económico, mientras que las supuestas “perfecciones” de los mercados que preconizan los teóricos de los bienes públicos no lo son. También es cierto que si el estado abandonara la práctica corriente de proveer bienes públicos, se producirían algunos cambios en la estructura social existente y en la distribución de la riqueza, y no hay duda se que esta reorganización acarrearía privaciones a algunas persona. Precisamente a esto se deba la resistencia de gran parte del público a una política de privatización de las funciones estatales, aunque ésta incrementaría la riqueza total a largo plazo. Sin embargo, este hecho sin duda no puede aceptarse como argumento válido para demostrar el fracaso de los mercados. Si a un hombre se le permitía golpear a otros en la cabeza y a partir de cierto momento se le impide hacerlo, lógicamente se sentirá perjudicado, pero esto no puede aceptarse como excusa válida para mantener las antiguas reglas (que lo autorizaban a golpear). Si bien ha sido afectado, esto significa que se ha sustituido un sistema en el que algunos consumidores tienen derecho a determinar en qué casos a otros no se les permite comprar en forma voluntaria lo que desean con medios legítimamente adquiridos y de los cuales disponen, por otro en el que todos tienen igual derecho a decidir qué bienes se deben producir y en qué cantidad. Por cierto, desde la perspectiva de todos, como consumidores voluntarios, esta sustitución es preferible y beneficiosa.

La fuerza del razonamiento lógico, pues, nos lleva a aceptar la conclusión de Molinari de que, para beneficio de los consumidores, todos los bienes y servicios deben ser producidos por los mercados. Es falso que haya categorías de bienes claramente diferenciables cuya existencia haría necesaria un corrección especial a la tesis general sobre la superioridad económica del capitalismo; aun si existieran, no sería posible encontrar una razón específica por la cual esos bienes públicos, supuestamente especiales, no deberían ser producidos por empresas privadas, puesto que invariablemente entran en competencia con los bienes privados. En realidad, la mayor eficiencia de los mercados en comparación con el estado en lo que respecta a aun número creciente de bienes presuntamente públicos es cada vez más evidente a pesar de la propaganda de los teóricos de los bienes públicos. Nadie que hiciera un estudio serio acerca de estos temas podría negar, ante la experiencia de todos los días, que los mercados pueden producir en la actualidad servicios postales, ferrocarriles, electricidad, teléfonos, educación, dinero, caminos, etcétera, con más eficiencia que el estado, es decir, satisfaciendo mejor las preferencias de los consumidores. Sin embargo, las personas rehuyen la intervención del mercado en un sector en el cual la lógica indica que se la debe aceptar: en la producción de seguridad. Por eso, me ocuparé a partir de ahora de explicar por qué la economía capitalista tiene un funcionamiento superior en esa área; la superioridad ha quedado ya demostrada desde el punto de vista lógico, pero será más evidente cuando veamos algunos ejemplos que la experiencia aporta al análisis y consideremos el asunto como un problema por derecho propio.

¿Cómo funciona un sistema de productores de seguridad no monopólicos, que compiten entre sí? Es preciso tener bien claro desde el principio que al responder esta pregunta abandonamos la esfera del análisis puramente lógico, por lo cual las respuestas carecerán en forma inevitable del carácter apodíctico de los pronunciamientos sobre la validez de la teoría de los bienes públicos. El problema en este caso es análogo al que tendría que resolver un mercado que tuviese que dedicarse a producir hamburguesas, en especial si hasta ese momento su producción hubiera estado exclusivamente a cargo del estado y por lo tanto no hubiese experiencia previa al respecto. Sólo se pueden dar respuestas tentativas. Es posible que nadie pudiera conocer cómo es exactamente la industria de las hamburguesas: cuantas compañías competidoras debería haber, qué importancia tendría esta industria en comparación con otras, cómo serían las hamburguesas, cuántos tipos diferentes saldrían a la venta y quizá desaparecerían por falta de demanda, etcétera. Nadie conocería todas las circunstancias y los cambios que podrían influir sobre la estructura de esta industria: cambios en la demanda de los distintos grupos consumidores, en la tecnología, en los precios de los diversos bienes que la afectan en forma directa o indirecta, y así sucesivamente. Es preciso destacar que aunque la producción privada de seguridad plantea problemas similares, esto no significa que no se pueda decir nada concluyente. Partiendo de la base de que existen ciertas condiciones generales para la demanda de servicios de seguridad (y estas condiciones son el reflejo, más o menos realista de cómo es el mundo en la actualidad), lo que podemos y debemos decir es que los diversos órdenes sociales de producción de seguridad caracterizados por tener que operar dentro de distintas limitaciones estructurales, responderán de maneras diferentes. Analicemos primero en detalle la producción de seguridad por el estado. De carácter monopólico, porque al menos e este caso disponemos de amplia evidencia con respecto a la validez de las conclusiones; después compararemos este sistema con el que existiría si este modo de producción fuera reemplazado por uno no monopolista. Aunque la seguridad se considere un bien público, debe competir con otros bienes en los que respecta a la asignación de recursos. Lo que se gasta en seguridad ya no se puede gastar en otros bienes que también aumentan la satisfacción del consumidor. Además, la seguridad no es un bien único y homogéneo, sino que también implica protección contra los rateros, los violadores, los que contaminan el ambiente, los desastres naturales, etcétera. Por otra parte, no se produce “en conjunto”, sino que se la puede proveer en unidades marginales. Por añadidura, cada uno asigna una importancia diferente a la seguridad, considerada en su conjunto, y del tiempo y el lugar en que le toca vivir. Entonces, teniendo en cuenta sobre todo el problema económico fundamental que significa la asignación de recursos escasos a fines que compiten entre sí, ¿cómo puede el estado, una organización que no se financia sólo por las contribuciones voluntarias y por la venta de sus productos, sino parcial o totalmente por medio de impuestos, decidir cuánta seguridad debe producir, en cuántos de cada uno de sus innumerables aspectos, a quién proporcionar determinada cantidad de qué producto, y dónde? Y la única respuesta posible es que no hay una manera racional de resolver este problema. Si se la considera desde el punto de vista de los consumidores, la respuesta a sus demandas de seguridad debe considerarse arbitraria. ¿Necesitamos un solo policía, o un solo juez, o cien mil? ¿Hay que pagarles $100 por mes, o $10.000? Los policías, cualquiera que sea su número, ¿deben emplear más tiempo patrullando las calles, persiguiendo ladrones o recuperando objetos robados, o buscando a aquellos que comenten delitos tales como la prostitución, el abuso de drogas o el contrabando? Y los jueces, ¿deben emplear más tiempo y energía en atender casos de divorcio, contravenciones de tránsito, raterías en negocios, o en casos de asesinatos y actos perpetrados contra los monopolios? Es obvio que hay que dar alguna respuesta a estas preguntas porque como vivimos en condiciones de escasez y nuestro mundo no es un paraíso, el tiempo y el dinero que se gasten en una cosa ya no podrán dedicarse a otra. Si bien el estado también debe dar respuesta a estas preguntas, lo hace sin sujeción alguna al criterio que rige las pérdidas y las ganancias. Por eso, su acción es arbitraria e implica necesariamente enormes desperdicios de recursos, desde el punto de vista de los consumidores. Como todos sabemos, los productores de seguridad empleados por el estado producen lo que quieren, independientemente de las necesidades de los consumidores, que son muchas. En lugar de hacer lo que deben, prefieren holgazanear, y si tienen que trabajar se inclinan por las tareas más fáciles o por estar allí donde pueden sentirse poderosos, en lugar de servir a los consumidores. Los oficiales de policía se pasean en los coches patrulleros a la caza de pequeños infractores de tránsito, gastan enormes sumas de dinero en investigación de delitos que no afectan a terceros y que si bien es cierto que desagradan a mucha gente (por ejemplo, a los que no los cometen), también lo es que pocos gastarían su dinero en combatirlos, en la medida en que no los perjudican en forma inmediata. Sin embargo, es notoria la ineficiencia de la policía, pese a los presupuestos cada vez mayores con que cuenta, con respecto a lo que los consumidores necesitan con más urgencia, a saber, la prevención de delitos graves (por ejemplo, los crímenes perpetrados contra las personas), la captura y el castigo efectivo de los criminales, la recuperación del dinero o los objetos robados y la garantía de que las víctimas serán compensadas por sus agresores.

Además, sea cual fuere el desempeño de la policía o de los jueces empleados por el estado, siempre será deficiente porque sus retribuciones son más o menos independientes de las evaluaciones de los consumidores respecto de sus servicios. La arbitrariedad y la brutalidad de la policía y la lentitud de los procesos judiciales son una consecuencia de esto. También es digno de destacarse el hecho de que ni la policía ni e sistema judicial ofrecen a los consumidores nada que se parezca a un contrato de servicio en el que conste en términos inequívocos el procedimiento que se pondrá en marcha en una situación específica. En cambio, ambos actúan en un vacío contractual que con el tiempo los lleva a cambiar en forma arbitraria sus reglas de procedimiento y que explica el hecho, verdaderamente ridículo, de que las controversias en las que participan policías y jueces, por un lado, y ciudadanos privados por el otro, no sean dirimidas por un árbitro independiente, sino por otro policía u otro juez que es también parte interesada en la disputa por se empleado del estado.

En tercer lugar, todo el que haya estado alguna vez en un departamento de policía o en un juzgado, para no hablar de las cárceles, sabe bien que los factores productivos empleados para proveer de seguridad al público están deteriorados por el uso excesivo, mal conservados y sucios. Como ninguno de los que usan esos factores productivos los posee realmente (nadie puede venderlos y apropiarse privadamente del producto de esa venta) y en consecuencia las pérdidas (y las ganancias) del valor incorporado en el capital utilizado quedan socializadas, todos tratarán de incrementar sus ingresos privados resultantes del uso de los factores a expensas de pérdidas en el valor del capital. Por eso, el costo marginal tenderá a sobrepasar cada vez más el valor del producto marginal, de lo que resultará un uso excesivo del capital, esto sólo habría sido posible con costos comparativamente mucho más elevados que los de cualquier empresa privada similar.

Es indudable que todos los problemas inherentes a un sistema que tiene el monopolio de la producción de seguridad se resolverían con relativa rapidez si un mercado competitivo, con su estructura totalmente diferente concebida para incentivar a los productores, se hiciera cargo de una demanda determinada de servicios de seguridad. Esto no significa que se encontraría la solución “perfecta” al problema de la seguridad. Seguiría habiendo robos y asesinatos, y no todos los bienes robados podrían recuperarse ni sería posible capturar a todos los asesinos, pero en lo que respecta a las evaluaciones de los consumidores, la situación mejoraría en la medida en que puede mejorar siendo la naturaleza humana como es. En primer lugar, siempre que haya un sistema competitivo, es decir, siempre que los productores de servicios de seguridad dependan de las adquisiciones voluntarias (que en su gran mayoría tomarán la forma de contratos de servicio y seguro, concertados antes de que se produzca efectivamente un acto de agresión o que se manifieste una inseguridad), ningún productor podrá aumentar sus ingresos sin mejorar sus servicios o la calidad de su producto según la evaluación de los consumidores. Además, todos los productores de seguridad tomados en su conjunto no podrían afirmar la importancia de su industria particular a menos que, por cualquier razón, los consumidores empezaran a valorar la seguridad más que otros bienes, con lo cual asegurarían que la producción de seguridad no se llevaría a cabo nunca y en ningún lugar a expensas de la no producción (o de la producción reducida) de, por ejemplo, queso, como bien privado competitivo. Por añadidura, los productores de servicios de seguridad deberían diversificar sus ofrecimientos en un grado considerable, porque la demanda de sus productos por parte de millones de consumidores es muy variada. Como dependerían directamente del apoyo de éstos, si no respondieran del modo adecuado a sus necesidades, o a los cambios en esas necesidades, sufrirían inmediatamente un perjuicio financiero. Por lo tanto, cada consumidor ejercería una influencia directa, aunque pequeña, sobre la aparición o desaparición de productos en el mercado de la seguridad. Esto ofrecería un sinnúmero de servicios a cada uno, en lugar del “paquete de seguridad” uniforme que brinda el estado. Y esos servicios estarían adaptados a los distintos requerimientos de de seguridad de los diferentes consumidores, según sus ocupaciones, su conducta más o menos arriesgada, sus necesidades de protección y seguros, y también sus circunstancias geográficas y la urgencia que manifiesten.

Por supuesto, esto no es todo. Los productos no sólo se diversificarían, sino que mejorarían en cuanto a cantidad y calidad. Estas empresas privadas brindarían a sus clientes una esmerada atención y desaparecerían la desidia, la arbitrariedad e incluso la brutalidad, la negligencia, la lentitud que caracterizan a la policía y al sistema judicial del estado. Los policías y los jueces dependerían del apoyo voluntario de los consumidores, por lo cual el maltrato, la descortesía y la ineptitud hacia éstos podrían costarle sus empleos. Casi seguramente se daría el fin a la costumbre tan peculiar de que la conciliación de las controversias entre un cliente y una empresa se confíe invariablemente al dictamen de esta última, y los productores de seguridad encargarían la resolución a árbitros independientes, lo que es más importante, los productores de esos servicios deberían ofrecer, con el fin de atraer y retener a los consumidores, contratos por los cuales éstos pudieran saber con exactitud lo que están adquiriendo y que les permitieran plantear reclamaciones válidas, sujetas a comprobación intersubjetiva, si el desempeño real del productor se seguridad no se ajustara a lo especificado en el contrato. Más precisamente, como no se trataría de contratos de servicios individualizados en los cuales el consumidor paga para que se cubran sólo sus propios riesgos, sino más bien contratos de seguros propiamente dichos, mancomunados, a la inversa de lo que ocurre en la política estatal vigente, ya no contendrían ningún esquema redistributivo concebido adrede para favorecer a un grupo a expensas de otro. Si por otra parte, alguien considerara que el contrato que se le ofrece implica que debe pagar los riesgos y necesidades de otras personas -por ejemplo, por factores de posible inseguridad que no estima aplicables a su caso personal-, simplemente podría rehusarse a firmarlo o dejar de pagar.

No obstante, después de todo lo dicho surge en forma inevitable un interrogante: “¿Un sistema competitivo de producción de seguridad tendría como consecuencia necesaria el conflicto social permanente, el caos y la anarquía?” Las respuestas pueden ser varias. En primer lugar, debe tenerse en cuenta que la evidencia histórica, empírica, no concuerda en absoluto con esta impresión. Antes del advenimiento del estado-nación hubo en diversos lugares sistemas judiciales competitivos (por ejemplo, en la antigua Irlanda o en los tiempos de la Liga Hanseática) y, por lo que sabemos, funcionaron bien. A juzgar por los índices de criminalidad existentes en la época (crímenes per cápita), la policía privada en el Salvaje Oeste (que, entre paréntesis, no era tan salvaje como lo muestran algunas películas) era relativamente más eficaz que la policía estatal de nuestros días. Y si nos remitimos a la experiencia y a los ejemplos contemporáneos, incluso ahora existen millones de relaciones internacionales -comerciales y turísticas- y realmente sería una exageración decir, por ejemplo, que el fraude, el crimen y el incumplimiento de los contratos son mayores en esta esfera que en las relaciones internas de cada país. Y esto (es importante destacarlo) sin que haya un productor monopólico en materia de seguridad ni un legislador supremo. Por último, no debemos olvidar que en muchos países existen diversos productores de seguridad privados que actúan paralelamente al estado: investigadores privados, detectives de seguros y árbitros privados, cuyo trabajo demuestra que son más eficientes en o que respecta a resolver los conflictos sociales que sus contrapartes públicas.

Toda esta evidencia histórica está, sin embargo, sujeta en gran medida a discusión, sobre todo respecto de si puede extraerse de ella alguna información general. Pero también existen razones sistemáticas por las cuales el temor que suscita esta cuestión carece de un fundamento válido. El establecimiento de un sistema competitivo de productores de seguridad implica, por paradójico que esto parezca, la construcción de una estructura de incentivos institucionalizada para producir un orden legal y de observancia forzosa de las leyes que entrañe el mayor grado de consenso posible con respecto a la resolución de las controversias. Esto generaría menos intranquilidad social y conflicto que las condiciones monopólicas imperantes. Para entender esta paradoja es preciso considerar más a fondo la única cuestión típica que preocupa a los escépticos y os lleva a creer en la superioridad de un sistema monopólico de producción de seguridad: cuando surge un conflicto entre A y B, ambos están asegurados por compañías diferentes y éstas no pueden llegar a un acuerdo inmediato sobre la validez de las demandas opuestas que plantean sus respectivos clientes. (El problema no existiría si se alcanzara un acuerdo o si ambos clientes fueran asegurados por la misma compañía; por lo menos, esto no diferiría en absoluto de la situación emergente en condiciones de monopolio estatal.) ¿Una situación semejante tendría siempre un desenlace violento? Es muy improbable que así sea. Primero, cualquier lucha violenta entre empresas conllevaría un costo y un riesgo muy altos, sobre todo si han alcanzado u prestigio considerable (como deberían tenerlo para que sus futuros clientes puedan verlas en primer lugar como garantes efectivas de su seguridad). Lo que es más importante, en un sistema competitivo, los costos de cualquier conflicto entre compañías que dependen de la continuación de los pagos voluntarios de los consumidores tendrían que recaer forzosamente sobre todos y cada uno de los clientes de ambas. Bastaría que una sola persona dejara de pagar porque no está convencida de la necesidad de una confrontación violenta en el caso particular de que se trata para que hubiese una inmediata presión económica sobre la compañía que la obligaría a buscar una solución pacífica al conflicto. De ahí que cualquier productor de seguridad en un sistema competitivo debería ser muy cauto en lo que respecta a tomar medidas violentas para resolver las controversias. En lugar de hacerlo, y puesto que lo que los consumidores desean es que los litigios se resuelvan en forma pacífica, todos y cada uno de los productores de seguridad harían cuanto pudiesen para ofrecer esto a sus clientes y para establecer por anticipado de modo que no quedasen dudas, el proceso de arbitraje al que se someterían, ellos y sus clientes, en caso de desacuerdo acerca de la evaluación de demandas incompatibles. Los clientes de las distintas compañías considerarían que u esquema semejante sólo podría funcionar si todos ellos estuvieran de acuerdo con respecto a las medidas arbitrales, por lo cual se desarrollaría naturalmente un sistema legal que regiría las relaciones entre compañías y sería aceptable para los clientes de todas las firmas competitivas, sin excepciones. Por otra parte, así aumentaría más aun la posibilidad de que si se produjeran presiones económicas que generasen reglas representativas del consenso acerca del modo de dirimir las controversias. En un sistema competitivo, los árbitros independientes encargados de encontrar soluciones pacíficas a los litigios estarían supeditados al apoyo continuado de las dos compañías en disputa, puesto que cualquiera de ellas podría recurrir a un juez diferente, y por supuesto lo haría si estuviera insatisfecha con la sentencia dictada. Por lo tanto, estos jueces se sentirían presionados para encontrar soluciones (en este caso, no con respecto al procedimiento sino al contenido de la ley) que fuesen aceptables para todos los clientes de las firmas en disputa. Si no fuera así, una compañía, o todas, podrían perder clientes, lo que las llevaría a buscar otros árbitros la próxima vez que los necesitasen. Sin embargo, ¿no sería posible que en un sistema competitivo una compañía productora de seguridad se pusiera fuera de la ley, es decir que, con el apoyo de sus propios clientes comenzara a agredir a otras? Por supuesto, no se puede negar que tal posibilidad existe, pero digamos nuevamente que nos encontramos en la esfera de la ciencia social empírica y nadie puede saber con certeza si es así. Y sin embargo, la sugerencia tácita de que la posibilidad de que esto ocurra indica de algún modo una grave deficiencia en los fundamentos filosóficos y económicos de un orden social puramente capitalista, es falsa.

Ante todo, recordemos que la existencia continuada de cualquier sistema social, no menos de un orden estatista-socialista que de una pura economía de mercado, depende de la opinión pública, y que en todo momento un estado determinado de esa opinión pública delimita lo que puede y lo que no puede ocurrir, así como lo que es más o menos probable que ocurra. Por ejemplo, el estado actual de la opinión pública en Alemania occidental hace sumamente improbable, o aun imposible, que se pueda imponer allí un sistema estatista similar al soviético. La falta de apoyo público lo condenaría al fracaso y lo destruiría. Y sería aun más improbable que un sistema de ese tipo pudiera instituirse en los Estados Unidos, dadas las características de la opinión pública en ese país. Por lo tanto, si queremos comprender correctamente el problema de las compañías que podrían situarse al margen de la ley, tenemos que formular la cuestión en estos términos: ¿Qué probabilidad existe de que un hecho semejante pueda producirse en una sociedad dada, con un estado específico de la opinión pública? La respuesta auna pregunta expresada de esta manera será diferente según las distintas sociedades. En algunas, que se caracterizan por el profundo arraigo de ideas de corte socialista, la posibilidad de que surjan compañías que lleven a cabo políticas agresivas será mayor, y en otras sera mucho menos probable que esto ocurra. Pero entonces, la perspectiva de un sistema competitivo de producción de seguridad en cualquier caso dado sera mejor o peor que la continuación de un sistema estatista? Veamos, por ejemplo, el caso de los Estados Unidos en el presente. Supongamos que el estado aboliera su derecho a proporcionar seguridad a cambio del pago de impuestos e introdujera un sistema de seguridad competitivo. Dado el estado actual de la opinión pública ¿qué probabilidad existiría de que surgieran proveedores al margen de la ley, y que sucedería en ese caso? Como es obvio, la respuesta depende de las reacciones de la gente a este cambio en la situación. Por lo tanto, lo primero que habría que replicar a quienes objetan la idea de un mercado privado en lo que respecta a la seguridad, sería: “¿Y qué va a hacer usted? ¿Cuál va a ser su reacción? ¿Su temor a las compañías que se autoproscriben significa que entraría en tratos con un productor de seguridad que agrediera a otros y a su propiedad, y que usted seguiría apoyándolo si lo hiciera?” Por cierto, cualquier crítica sería acallada por un contraataque así. Pero más importante que esto es el desafío sistemático implícito en este contraataque personal. Es evidente que el cambio de situación descripto implicaría una transformación en la estructura de costo-beneficio que cada uno debería enfrentar una vez tomada su decisión. Antes de la introducción de un sistema competitivo de producción de seguridad, podría ser legal participar en un sistema agresivo y sustentarlo. Ahora, esa actividad se convierte en ilegal. Por lo tanto, dado que el hombre posee una conciencia que hace que las decisiones que toma sean más o menos costosas, es decir, estén más o menos en armonía con los principios personales respecto de lo que es una conducta correcta, el apoyo a una compañía que explota a aquellos que no desean secundar voluntariamente sus acciones puede ser más costoso ahora que antes. Dado que es así, se debe presumir que la cantidad de personas, entre ellas las que en otras circunstancias se habrían apresurado a apoyar al estado, dispuestas a gastar dinero para sustentar a una compañía que procede con honestidad sería cada vez mayor, e iría en aumento en todos los lugares en los que se llevara a cabo un experimento social semejante. Por el contrario, el número de aquellos que están de acuerdo con una política de explotación, en la cual unos ganan a expensas de otros, disminuiría. Por supuesto, el grado de rigurosidad de este efecto dependería del estado de la opinión pública. En el ejemplo que hemos tomado -el de los Estados Unidos, donde la teoría natural de la propiedad está ampliamente difundida y aceptada como una ética privada y la filosofía del libre albedrío es, esencialmente, la filosofía fundacional del país y la que lo ha llevado al lugar que ocupa en el mundo-, el efecto es naturalmente muy acentuado. De acuerdo con esto, las compañías productoras de seguridad comprometidas con la filosofía de proteger y hacer valer la doctrina del libre albedrío atraerán la mayor parte del apoyo público y de la ayuda financiera. Y si bien es cierto que algunas personas, sobre todo las que se han beneficiado con el antiguo estado de cosas, pueden continuar respaldando una política de agresión, es muy improbable que su número y su poder financiero sean suficientes como para que lo hagan con éxito. En cambio, es casi seguro que las compañías honestas desarrollarán la fuerza necesaria -por sí solas o en un esfuerzo conjunto que será apoyado por sus propios clientes voluntarios- para poner freno a la aparición de posibles productores rebeldes y destruirlos dónde y cuando aparezcan.











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miércoles 8 de julio de 2009

La bestialidad del regimen castrista




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miércoles 1 de julio de 2009

¿Sabemos razonar la libertad?

No me gusta escribir post polémicos, pero a esta altura de mi vida no tengo ganas de tragar veneno, sobre todo cuando pareciera que se me quisiera explicar las cosas "mirándome desde arriba", y muy desde arriba.
El tema en cuestión radica en el tema de la prohibicion del uso del burka en Francia, prohibición que no está interesada en hacer el menor distingo entre uso voluntario o compulsivo. Se presume que el uso del burka es compulsivo sin tener en cuenta las cuestiones de tradición o convicciones religiosas que pueden llevar a usarlo voluntariamente. La pregunta es ¿Es esta una conducta liberal?


Se dan una serie de argumentos para estar a favor en algunas bitácoras, los más comunes son de tipo emocional, por ejemplo se nos dice que el burka denigra a la mujer, que es la esclavitud del siglo XXI, que es contrario a los valores de la república, etc, y todo esto, repito, sin hacer distingo entre uso voluntario y compulsivo, falta de distinción que no produce ni el menor pudor por lo visto.
El otro argumento es parecido al spot publicitario "mira quien vota a Filmus" ¿Se acuerdan?, y se menciona que a favor de la prohibición del burka están Pilar Rahola, Cristopher Hitchens etc.
¿Argumentos lógicos? Ninguno, y el solo hecho de pedirlo es rigidez dogmática.
Con estos vaporosos argumentos se quiere justifica la prohibición del burka, y repito por tercera vez, sin distinguir entre uso voluntario y compulsivo, algo contra lo cual se rebela la razón. Pero dichos argumentos alcanza para mirar desde arriba y con las cejas arquedas para decir "es que ustedes los libertarios no entendéis". La respuesta es que si entendemos, lo que sucede es que no nos convencen tan etéreos argumentos.
Querer fundamentar la libertad el argumentos meramente emocionales lleva a su debilitamiento.
Las conductas que no afectan a terceros no deben ser censuradas. Decir que existe la libertad solo para lo que sociedad aprueba, o si bien no aprueba, que este dentro del "umbral de tolerancia" es una contradicción. Contradicción que no es un mero matiz, lleva al aniquilamiento de la libertad.
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lunes 29 de junio de 2009

R.I.P


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jueves 25 de junio de 2009

Dispuestos a matar por el voto

El gobierno piensa cerrar los lugares de concurrencia masiva por el tema de la gripe porcina, sin embargo nos quiere obligar a votar el Domingo. Más concurrencia masiva que esa imposible.
Siendo la" Cuarta Impotencia mundial" en gripe porcina nos mandan a votar el Domingo antes de que estalle el modelo.
Indudablemente dispuestos a matar por el voto. Tomar precauciones y llevar en lo posible barbijo. Se ruega hacer copy pass o nota parecida en sus sitios.


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miércoles 13 de mayo de 2009

El mito de la distribución del ingreso. La leyenda continúa

La muletilla de la distribución del ingreso no solo es propia del oficialismo, la sentimos constantemente en la oposición también. Es hora de derribar el mito, y analizar si está justificada éticamente, y por otro lado analizar si tiene alguna utilidad.
Desde el punto de vista de la ética se quiere justificar la distribución del ingreso en el ideario de la justicia social. El adjetivo social, ha transformado a la justicia en su contrario; en vez de ser la justicia "el dar a cada uno lo suyo" a pasado a ser "sacarle el fruto de su trabajo a uno para dárselo a otros"
Si vemos a la ética como un proceso de descubrimiento de normas que permiten la subsistencia del individuo en la sociedad, vemos que para el hombre de Cromagñon era de los más natural matar al miembro de otra tribu para apoderarse de su presa. Luego vio que podía correr igual suerte, tuvo miedo, vio que su existencia también estaba en peligro si todos empezaban a actuar de igual modo y llego a la conclusión que lo mejor era establecer pautas de comportamiento que todos se comprometieran a obedecer. De esa manera el hombre empezo a dominar sus instintos depredadores


La justicia social por lo tanto es una involución, ahora se puede dar rienda suelta a los instintos de depredación y saqueo con la convicción moral de que se actua por principio. Las consecuencia de esta "nueva y tragica moral" están a la vista.
Se puede decir que la justicia social (y todas las formas de intervencionismo en general) son fruto de la ética consecuencialista. Se violan pues principios éticos fundamentales en aras de unas consecuencias platónicas que nunca llegan.
Desde el punto de vista consecuencialista o utilitarista, pues tampoco pasa el examen. Para analizarlo debemos partir de una teoría base. Un análisis meramente empírico no alcanza, pues el empirismo por si solo tiene sus flaquezas, pues siempre que falla algún tipo de organización social y política, con el empirismo se le puede hachar la culpa a una X variante. Por ejemplo, se puede decir que Alemania del Este colapso no por las contradicciones y deficiencias del sistema comunista, sino porque no se la ayudo con el Plan Marshal.
Por eso es necesario una teoría fundamentada en axiomas básicos. Axiomas que no son dogmas, a su vez tienen alto contenido empírico, pero si no se tienen en cuenta al evaluar los hechos , dificilmente se pueda obtener una análisis certero. Son como los ojos que nos permiten ver la realidad.
primero debemos tener en cuenta:
Axioma 1: Solo la renta abundante puede ser capitalizada. Es decir un empresario con ingresos sobrantes y con capacidad de ahorro puede reinvertir comprando mayor capital y de esa forma crear nuevos puestos de trabajos y producir mayor cantidad de bienes y servicios de su actividad que aumentaran su oferta.
Axioma 2: Renta que va a distribución no va a reinverción. No necesita comentario
Axioma3: Si se desalienta la inversión por un lado, y se confisca los ingresos de la poca inversión existente por el otro, pues tenemos una verdadera maquina institucional de hacer pobres. Cuando se combate el capital el resultado es la pobreza, pues....
Axioma 4: El nivel de salarios de un país está dado por su grado de capitalización. Nueva York tiene mejor nivel de salarios que Bombay, no por su justicia social, sino por su grado mayor de capitalización.
La mejor distribución es la que realiza el mercado, el gobierno distribuye subsidios, el mercado fuentes de trabajo, sin que haya agresiones coactivas de por medio.

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miércoles 6 de mayo de 2009

¿cuanto peor, mejor?


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¿Por qué un gobierno limitado?

Por Lawrence W. Reed*
Traducción: Luis A. Balcarce

El tópico de discusión esta tarde es: “¿Por qué un gobierno limitado?”. Estoy tentado a darles la respuesta más corta que alguna vez hayan escuchado, tan sólo dos palabras: “¿Por qué no?” Pero tal frívola respuesta, que quizá les haya hecho reír a más de uno de ustedes, no los habrá persuadido y habremos hecho muy poco por ganar la batalla de la libertad. En realidad, nuestro movimiento se ha olvidado últimamente de esta cuestión y por eso necesitamos una renovada visión sobre este importante tema.

Como hombres y mujeres que deseamos limitar el poder del gobierno, usualmente nos cruzamos con gente que no opina como nosotros. Una vez alguien dijo que nos iría mejor si describiéramos el Infierno antes que el Cielo. En todo caso, al defender la causa por un gobierno limitado, debemos aprovechar la oportunidad para recordarles a otros que estamos a favor de algo positivo y beneficioso para todos. Deseamos limitar el poder del gobierno, en último término, porque apoyamos la libertad y la sociedad abierta.

Deseamos limitar el poder del gobierno porque queremos


maximizar las oportunidades, la creatividad y la libre empresa. Deseamos limitar el poder del gobierno porque queremos permitirles a todos llegar tan lejos les permitan sus talentos, sus ambiciones y su laboriosidad. Deseamos limitar el poder del gobierno porque queremos que la gente pueda alcanzar y realizar sus sueños, por ellos y por sus familias. Deseamos limitar el poder del gobierno porque queremos fortalecer otras instituciones de la sociedad civil que tienden a contraerse a medida que el gobierno aumenta su tamaño. Instituciones tales como la familia, la iglesia, la sinagoga, la mezquita, la colectividad y muchas otras asociaciones voluntarias que Tocqueville llegó a reconocer como el fundamento de la libertad en América y su seguridad en sí misma. Y deseamos limitar el poder del gobierno porque miles de años de Historia nos han servido de suficiente experiencia para aprender que es mejor confinarlo debidamente a unas mínimas pero cruciales funciones; de otro modo, mejor nos deje en paz.

Como movimiento debemos comprometernos con ciertos principios. No podemos andar por la vida como ese personaje de Groucho Marx que decía: “Estos son mis principios. Si no les gustan, ¡tengo otros!”.

Y en el corazón de nuestros principios básicos en relación al gobierno se encuentran unas verdades inexpugnables: Un gobierno no te ofrece nada que previamente no le haya sacado a otro ciudadano, y un gobierno que es lo suficientemente grande para darte todo lo que deseas también es lo suficientemente grande para incautarte todo lo que tienes.

A medida que me pongo más viejo, y más observo el proceso político, encuentro más obvio el hecho de que no hay manera que una empresa –y cualquier otra organización- funcione bajo esos parámetros. Los absurdos, deficientes y perversos incentivos inherentes al proceso político son lo necesariamente poderosos para frustrar a cualquiera que tenga la mejor de las buenas intenciones. Frecuentemente exalta la ignorancia y le saca provecho al máximo. Con contadas excepciones, la política tiende a congregar a los talentos más mediocres con objetivos que son, como mínimo, discutibles. El gobierno es la extensión de la política; no obstante, todos los problemas endémicos a la política relucen en lo que el gobierno hace y deja de hacer.

A decir verdad, a medida que la maquinaria política guía al gobierno hacia áreas que exceden sus funciones primordiales, menos éxito consigue en sus fines básicos y primeros (por ejemplo, la seguridad pública) defraudando a todo el conjunto de la población.

Allá por el 2001, el noveno hijo de Robert y Ethel Kennedy, Max Kennedy, coqueteó con la idea de ganarse un puesto político a través de las urnas. Una historia que recogió The New York Times Magazine donde describió su desdichado discurso desde una tribuna pleno de frases cortas y remanidas como estas: “Quiero pelear por todos ustedes. Me comprometo hasta lo más profundo a ser un congresista que se preocupe por ustedes. Me dedicaré a luchar para que las familias trabajadoras tenga una oportunidad. Les doy mi palabra: siempre podrán contar conmigo”.

Sus colaboradores le aconsejaron que consiga dar con un mensaje más pegadizo, algo con sustancia que la gente recuerde apenas oírlo. “¿Qué te gustaría que la gente piense de ti?”, le repetían constantemente sus consejeros de campaña. El potencial candidato tartamudeaba y no llegaba más lejos que a decir “Soy un buen chico” hasta que finalmente admitió: “No tengo idea. Que sea lo que Dios quiera”.

¿Apto para ser un congresista? Sin dudas, aunque esta vez su carrera electoral se esfumó antes de empezar y consiguió trabajo en otro lado. Cientos de Max Kennedys llegan al Congreso cada año. Pero ¿a alguno de ustedes se les ocurriría contratar para su empresa a alguien que ni siquiera sabe hablar? Fuera de la política, ¿existe otra profesión en la cual la inconsecuencia y la basura intelectual sean una epidemia?

Bienvenidos al lado tonto de la política caracterizado por la ausencia de discurso, el doble discurso y el discurso estúpido; el uso de los recursos faciales para influenciar a las mentes y, si es necesario, engañarlas. El lado serio viene después que el candidato fue elegido y éste hace algo, aunque sea ni de lejos un reflejo de lo que prometía en campaña. Es muy importante porque aquí es donde la coerción envuelve con su músculos a la retórica ósea. Lo que distingue a un político, y diferencia a la política de otras actividades, es que sus palabras van acompañadas por su habilidad para poner de su lado a la ley.

Este punto no es trivial. A fin de cuentas, en la vida hay sólo dos maneras de conseguir lo que uno desea o de cumplir con las demandas de quienes nos han contratado . Puedes apostar por la acción voluntaria (trabajo, producción, comercio, persuasión y caridad) o quitárselo a otro por la fuerza.

Ninguna generación alcanzó a ver este asunto con la claridad con la que lo hicieron los Padres Fundadores. Fue uno de ellos quien dijo: “El gobierno no es razón. No es elocuencia. Es fuerza. Al igual que el fuego, puede ser un peligroso servidor como un amo temible. En otras palabras, así cuando el gobierno no sea todo lo extenso que ellos pretendían o bien vaya cumpliendo sus obligaciones eficazmente, sigue siendo un servidor y un servidor peligroso.

En efecto, esto es lo que marca la gran diferencia. Aquello que se basa en el consenso voluntario no se ve igual que lo que fue establecido por la fuerza. Allí donde el acuerdo mutuo provoca resultados fehacientes y contables, la política funda su existencia en la mera promesa o el reclamo de resultados y la alternante culpabilización hacia otros partidos.

Para ganar o asegurar un apoyo y un auspicio, el proveedor de bienes o servicios debe producir algo que tenga una valor real. Una empresa que no produce o una caridad que no colma una necesidad rápidamente desaparecen. Para conseguir tu voto, un político sólo tiene que parecer o sonar mejor que los anteriores, incluso si ambos incumplieron más promesas de las que podían cumplir. En el mercado libre, tu siempre consigues aquello por lo que has pagado y pagas por lo que consigues. Como potencial consumidor, puedes decir “No, gracias” y marcharte. En política, la conexión entre aquello por lo que pagas y lo que al final consigues es mucho más problemática.

Esta es otra forma de afirmar que tu voto en el mercado económico vale mucho más que tu voto en el mercado electoral. Paga por la lavadora que has elegido y eso es lo que obtendrás, ni más ni menos. Bájale el martillo al político por quien tengas mayor preferencia, y, si tienes suerte, conseguirás muy poco por lo que habías votado y mucho de lo cual no hubieras querido ni recibir noticias. También verás a tus votos desplazados por los intereses especiales de grupos de lobby. Como alguien más sabio que yo dijo, “la política puede que no sea la profesión más antigua del mundo, pero los resultados son casi siempre los mismos”.

Estas importantes distinciones entre sociedad civil, contratos voluntarios y la coerción gubernamental explican por qué en política los Max Kennedy son la regla y no la excepción. Decir tonterías o no decir nada, o decir una cosa y hacer otra son las claves para que tus chances de éxitos se cumplan. Cuando los clientes son cautivos, el vendedor puede ser tanto quien le endulce el oído con atractivos dislates como el que ofrezca un producto de verdadera calidad.

Nos guste o no, la gente suele juzgar los actividades privadas y voluntarias con un standard mayor con el que califican los actos públicos de la maquinaria política. Esa una razón suficiente para mantener lejos a la política de nuestras vidas. Podemos inclinarnos hacia tareas mucho más productivas.

Me pidieron terminar mi discurso con algunas palpables recomendaciones. Con la vista puesta hacia el reforzamiento de nuestros esfuerzos para limitar el poder del gobierno, déjenme ofrecer estas breves sugerencias, cada una digna de una discusión más extensa y de más ejemplos de los que yo puedo ofrecer aquí por una cuestión de tiempo.

Nuestra posición debe trabajar muy duro para relacionarnos con gente de carne y hueso. No debemos insistir solamente con cuestiones fiscales y monetarias. Debemos demostrar como un gobierno limitado puede verdaderamente mejorar nuestras vidas. Tenemos que colocarle un rostro humano al asunto, no sólo mostrar cómo el gobierno inflige daño real a gente real; porque una sociedad abierta mejora y ofrece una mejor vida a todos.

Preocupémonos por usar una retórica contundente. No nos hundamos en el lodo hilando fino cada punto que propongan los defensores de la expansión del gobierno. Debemos recordarle a la gente que el gobierno, al quitarnos parte de nuestras ganancias, está gastando cinco o seis veces más que hace un siglo atrás. Tenemos que demandarles saber a nuestros amigos del Big Government por qué nunca el dinero gastado es suficiente. Que queden en ridículo al tener que responder cuándo les preguntemos en qué más quieren gastar nuestro dinero y cuando reconocerán que ese dinero le pertenece a quien se lo ha ganado y no al gobierno.

La estrategia es fundamental para invertir más dedicación en asuntos donde pequeñas victorias pueden significar muchísimo. Algunas cuestiones que me vienen a la mente son la enseñanza escolar, la jubilación privada y los presupuestos gubernamentales. Cuando ganemos estas batallas, comenzaremos a hacer sentir nuestra presencia en otros frentes.

Nos cabe ser optimistas y transmitir la sensación de que podemos vencer. El pesimismo no es sólo injustificado; también es una profecía autogratificante. Si tu piensas que la causa está perdida, no hay nada más que decir. Nadie trabaja duro para una causa que no tiene sentido. Debemos convencer al mundo de que, si algo en los acontecimientos humanos es inevitable, es el hecho de que el Creador nos hizo libres. No es inevitable ser sojuzgados por un gobierno todopoderoso. La Historia está del lado de la libertad, no del estatismo.

Limitar al gobierno, en otras palabras, es una empresa sublime. Es un trabajo honesto y beneficioso. Es también un mensaje poderoso si se lo sabe presentar bien. Entonces, salgamos de aquí y vayamos a lograrlo.

* El autor es presidente del Mackinac Center for Public Policy. Conferencia ofrecida el 29 de Abril de 2004 en la sede de la Heritage Foundation en Chicago.



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lunes 13 de abril de 2009

¿Ética aprioristica o evolutiva?

Tuve un debate muy ameno y en terminos muy resptuosos en mi blog sobre ética aprioristica, más concretamente sobre le axioma de no agresión. La discución central pasaba en que según mi contertulio el axioma de no agresión no alcanza para establecer la ética mínima exigible incluso en un orden liberal. Los ejemplos típicos son: el canibalismo consentido, la omisión de auxilio, maltrato a animales de nuestra propiedad, incesto, castración voluntaria etc.
Mi contertulio por lo tanto se inclinaba por la ética evolutiva, ética que no se puede fundamentar racionalmente, o por lo menos la razón no es el único parámetro. Y se permitiría coaccionar contra conductas que si bien no afectan a terceros, exceden el umbral de tolerancia. Ej: incesto.
La pregunta es: ¿Es preferible una ética que permita marginales conductas revulsivas que no afectan a terceros, pero que es un esquema ético con un altísimo nivel de seguridad y certeza como es el caso de la ética aprioristica? ¿O es preferible una ética evolutiva, de origen más bien consetudinario, que permite la condena de actos revulsivos, pero cuyo nivel de certeza casi se diluye, y si se desvía un poco incluso puede servir para justificar la social democracia?
¿Ética aprioristica o ética evolutiva? ¿Que es lo mejor para fundamentar un orden liberal? Dejo la respuesta al lector.





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domingo 12 de abril de 2009

Representación sin autorización

Este artículo de Ayn Rand de 1972 lo leí por primera vez en 2003 publicado por Claudio Omar Dores en mi grupo de yahoo Juventudliberal, la verdad es que nunca pierde vigencia.

Representación sin autorización

La teoría del gobierno representativo descansa sobre la idea de que el ser humano es un ser racional y, por tanto, capaz de percibir los hechos de la realidad, evaluarlos, formarse un juicio racional y tomar sus propias opciones asumiendo la responsabilidad de su propia vida. Políticamente, este principio se implementa mediante el derecho del individuo a escoger a sus propios agentes, aquellos a los que autoriza a representarle en las instituciones políticas del país dodne vive. Representarle significa, en este contexto, representar su visión de la política. Por ello el gobierno de todo país libre se basa en el consentimiento de los gobernados. Como confirmación de ese vínculo indisoluble entre la facultad de raciocinio y el gobierno representativo, observemos que los menores y los discapaces no tienen derecho a votar. Votar, es por tanto, un derecho derivado y no un derecho fundamental (...). El voto es, sin embargo, intransferible: el padre de doce menores no tiene trece votos, ni puede el director de un psiquiátrico votar por sus pacientes.

Filosóficamente, la teoría del gobierno representativo está en profundo conflicto con las principales escuelas de pensamiento actuales, empeñadas en negar la eficacia y hasta la misma existencia de la razón y de la volición. La dictadura y el determinismo son nociones que se retroalimentan. De hecho, si uno desea esclavizar a sus semejantes lo mejor que puede hacer es destruir su confianza en la validez de sus propios juicios y decisiones: cuando uno llega a creer que la razón y la volición son impotentes sólo le queda acatar la ley de la fuerza.



Desde Kant, el método dominante en la filosofía moderna siempre ha sido no abordar los temas mediante presentaciones intelectuales abiertas y directas sino mediante la corrupción, al objeto de convertir cada concepto en su opuesto. Igual que el propio Kant corrompió el concepto de razón para hacerle significar una especie de facultad mística propia de otra dimensión, así han actuado sus descendientes teóricos y prácticos frente a infinidad de conceptos. En el dialecto al uso hoy día, “libertad” ha pasado a significar obediencia a un mandato totalitario, “seguridad” equivale a dependencia total del Estado, “individualidad” es someterse al estilo de la masa, etcétera.

En los países sin experiencia previa de gobierno representativo es fácil corromper el término: basta, por ejemplo, ofrecerle a las masas toda la parafernalia de urnas y cabinas de votación y proponerle un solo candidato. En un país cuya misma historia comenzó con elecciones, esto debería ser más difícil. Sin embargo, desde hace más de medio siglo los intelectuales colectivistas están corrompiendo a los dos grandes partidos para convertirlos “de facto” en uno solo haciéndolos indistinguibles uno de otro, mientras los comentaristas al uso ignoraban culpablemente el descontento y pretendían hacernos creer que no hay oposición. (...)

Al mismo tiempo, los colectivistas han producido una nueva corrupción del concepto de representación política, aún más grotesca que el resto de sus abusos semánticos. Consiste en exigir cuotas obligatorias que “representen” a diversos tipos de gente en los órganos representativos. No queda claro a qué se refieren en este contexto cuando hablan de “representación”. Al principio se trataba de cuotas raciales en las empresas públicas o en las universidades. Posteriormente se comenzó a exigir cuotas étnicas “representativas” en el Gabinete y en el Tribunal Supremo. Las reglas de la convención demócrata de 1972 han hecho que el asunto de las cuotas devenga directamente político. es hora, por tanto, de examinar el significado de la doctrina de cuotas.

La noción de cuotas raciales es tan evidentemente racista que no merece mayor comentario. Cuando se descarta a un joven como estudiante de una determinada universidad porque su cuota racial ya está cubierta (y por tanto ya no es imprescindible admitirle) no hay duda de que se le excluye por motivos de raza. Si encima se le dice que sus “hermanos” de raza ya están dentro y le representan a él, se le está simplemente insultando. Exigir tales cuotas en nombre de la lucha contra la discriminación racial es una burla obscena.

Pero observemos que las dichosas cuotas de “representación” no sólo se aplican a las minorías raciales. Se presenta idénticas exigencias con relación a una mayoría social: las mujeres. Se piden diversas cuotas por edad (jóvenes, ancianos) y por motivos económicos (pobres). Observemos el común denominador de estos grupos: la base de tales agrupaciones de individuos y, por ende, de las cuotas que se reclama, no es intelectual sino meramente física. Es la clase de doctrina que recomforta emocional y subconscientemente a los intelectuales de hoy día, y particularmente a los académicos, aunque pocos de ellos sean realmente conscientes de las consecuencias.

Es una doctrina emanada del determinismo, y asume que los condicionantes físicos son el factor determinante de la vida humana y que los intereses de todos los miembros de un determinado grupo físico son idénticos. Sin embargo, me parece obvio que una mujer profesionalmente activa tiene más intereses en común con la mayoría de los hombres que con las amas de casa ociosas que de pronto descubren el movimiento feminista y manifiestan sus política negándose a cocinarle la cena a sus maridos. Un empresario negro hecho a sí mismo tiene muchos más intereses comunes con un empresario blanco que con un miembro de una banda negra de barrio. Un joven estudiante en busca de conocimiento tiene mucho más en común con sus profesores viejos que con jóvenes drogadictos o miembros de una secta. La doctrina de las cuotas parte de la falsa premisa que hace todos los miembros de un grupo físico idénticos entre sí e intercambiables, no sólo a ojos de los demás sino de sí mismos. Asumiendo una fusión total del yo con el grupo, la doctrina sostiene que no importa si es uno mismo o su “representante” quien ingresa en la universidad, obtiene un empleo o toma una decisión. (...)

Es evidente por qué motivo esta doctrina de cuotas atrae a los intelectuales modernos: elimina la responsabilidad de pensar, juzgar y elegir por uno mismo. Alienta el simple seguimiento a los líderes grupales, que supuestamente están predestinados a protegerle y preocuparse de uno, por el simple hecho de pertenecer a su mismo grupo físico. A la mayoría de los intelectuales, esto le promete un ansiado letargo, a una minoría le proporciona un camino hacia el poder.

En la medida en que la doctrina de cuotas se tome en serio, puede llegar a implicar la abolición de las elecciones, reemplazadas por un sistema que garantice la presencia de “representantes” de todos los grupos imaginables, excepto, claro está, un grupo: el conformado por las ideas comunes de gente diversa. Así se eliminaría la representación y la diferenciación ideológicas. (...) También en la Unión Soviética se permite y hasta se alienta la diversidad étnica, cultural y grupal mientras se proscribe la ideológica.

La doctrina de cuotas relega a la gente a la categoría de niños o discapaces, con guardianes nombrados en lugar de representantes genuinos. ya no hace falta elección individual, ya no es preciso escoger personalmente: la condición grupal del individuo escoge por él y legitima al “representante”. Las ventajas de esta perversión de la democracia son enormes para los dirigentes de los grupos de presión. Los ciudadanos quedan sometidos al estado de desesperanzada brutalidad en el que otros terminaron aceptando que las pirámides faraónicas, Versalles o el Kremlin eran obras erigidas para “representar” la gloria de su pueblo, aunque está claro quiénes se beneficiaron de ellas.

El derecho del individuo a designar sus propios representantes está reconocido en el reino material pero, aparentemente, no en el ideológico. Si alguien le vendiera a usted el puente de Brooklyn sería detenido por fraude, ya que obviamente no tiene autorización para actuar en nombre de sus propietarios. Pero los partidarios de la cuota le ven a usted como un trozo de carne y se nombran a sí mismos como “representantes” de usted, y nada menos que en política.

Ninguna organización tiene derecho a hablar en nombre de nadie más que de sus propios miembros voluntarios. A ninguna organización se puede considerar agente de un individuo sin su conocimiento y consentimiento personales. Si la “imposición sin representación es esclavitud” [lema de los revolucionarios independentistas norteamericanos en su lucha contra el colonialismo inglés], entonces la representación sin autorización es esclavitud adornada con fraude.


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martes 31 de marzo de 2009

Siguiendo con las buenas noticias...

¿Se retira Gabo? Aseguran que García Márquez "no volverá a escribir nunca más"

En 2004 Gabriel García Márquez escribió 'Memoria de mis putas tristes', la última novela suya publicada. Y parece, según las versiones, que ese será el último libro que escriba.

El biógrafo del gran escritor colombiano, el británico Gerald Martin, coincidió con las versiones que anuncian el retiro del Premio Nobel.

Martin, autor de "Gabriel García Márquez: A life", la primera biografía autorizada del escritor, coincidió con la agente literaria Carmen Balcells, quien dijo estar convencida de que el autor de ’Cien años de soledad’ "no volverá a escribir nunca más".

"Yo también creo que Gabo no escribirá más libros, aunque no me parece muy lamentable porque como escritor fue su destino tener la inmensa satisfacción de llevar a cabo una trayectoria literaria totalmente coherente muchos años antes de completar su existencia biológica", dijo Martin, según publicó la agencia ANSA.




Por su parte, el escritor y periodista colombiano Héctor Abad reveló que "hace poco García Márquez invitó a comer en su casa de México a un grupo de amigos para celebrar algo que por lo general los escritores no celebran: llevaba dos años sin escribir un sólo párrafo".

Abad consideró que el primer retiro del Premio Nobel 1982 -quien actualmente tiene 82 años- fue declararse "reportero en reposo" y abandonar el periodismo.

"Después, como si quisiera llegar paso a paso al silencio, decidió jubilarse también como novelista", explicó.

Sin embargo, el argentino Tomás Eloy Martínez abrió una ventanita para la esperanza de los seguidores del gran Gabo, poniendo en duda las versiones de su retiro. "Sólo él -afirmó- conoce sus ganas y sus límites para seguir escribiendo (si acaso los tiene). Y todo lo demás son adivinanzas".
(Extraído de Urgente24.com)


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Por Fin Algo Productivo

Los llamados “Delitos contra el honor” (calumnias e injurias) serían derogados del código penal

Las calumnias y las injurias están cada vez más cerca de desaparecer del Código Penal. La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) le advirtió el año pasado a la Argentina que estos delitos, tal como están redactados, atentan contra la libertad de expresión, y se acaba de presentar un proyecto en el Congreso que propone derogarlos.
La iniciativa, redactada por la diputada de la Coalición Cívica Marcela Rodríguez, fue firmada por 13 legisladores de diferentes bloques, incluido el oficialismo.
La idea es derogar del Código Penal el título de los "delitos contra el honor", que hoy tienen penas de prisión, y derivar al fuero civil "todos los conflictos que afecten la dignidad, autoestima o reputación de las personas". De este modo, la forma de reparar el daño ya no sería la cárcel del ofensor, sino una indemnización o la retractación o rectificación pública.
(Fuente: lanacion.com)


Por fin algo productivo saldría del congreso y no la mediocre basura que suele tratarse.
El hecho de que alguien pueda ir preso por ofender verbalmente a otra persona me repugna desde lo más profundo. Una noción tan retrograda es digna de regimenes como los de Mussolini y Stalin, no de un país que se originó constitucionalmente en los valores de la libertad.
Espero que el congreso siga esta tendencia hacia la derogación de nuevas leyes, y si me piden alguna recomendación le sugiero: ley de abastecimiento, ley de defensa de la competencia, ley de defensa del consumidor, ley de contratos de trabajo, ley de sociedades comerciales, etc. etc. etc…
Y en honor al gran Thomas Sowell quería hacer alusión a sus sabias palabras:
QUIEN RESPONDE A TODOS LOS PROBLEMAS DE LA SOCIEDAD CON LAS PALABRAS “DEBERÍA HABER UNA LEY PARA…” DESPRECIA LA LIBERTAD.



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lunes 30 de marzo de 2009

Declaración de Principios PL 09MAR19 Revis






Declaración de principios del Partido Liberal


 



Atento que un partido político es un consenso de fundamentos y procedimientos alrededor de los cuales las personas se reúnen libremente en defensa de los mismos ideales y valores; Los aquí reunidos constituimos el Partido Liberal, y declaramos:





  1. Que las personas nacen con derechos que derivan de su naturaleza: A la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de su felicidad. Nadie puede ser privado de estos derechos por ninguna persona, grupo de personas, o estado. 
  2. Que cuando un gobierno se convierte en un obstáculo para dichos fines, los gobernados tienen el derecho de alterarlo o abolirlo.
  3. Que dicha libertad se expresa en el derecho a transitar, entrar, permanecer y salir del territorio nacional, pensar y publicar sus ideas sin censura, enseñar y aprender, asociarse, trabajar y ejercer industria lícita, contratar y ser contratado, usar y disponer de su propiedad, y el fruto de su trabajo, profesar su fe.
  4. Que las acciones derivadas del ejercicio de estos derechos no deben vulnerar los derechos de otra persona.
  5. Que ninguna persona tiene derecho a iniciar agresión o fraude contra otra o contra su propiedad legítimamente adquirida. El uso de la fuerza solo es admisible como defensa ante la violación de este principio.
  6. Que todas las personas son iguales ante la ley. Dicha igualdad es la base de las cargas públicas.
  7. Que para garantizar los derechos individuales se instauran gobiernos entre las personas; Y estos obtienen sus justos poderes del consentimiento de los gobernados.
  8. Que la única finalidad del estado es proveer y administrar los servicios de justicia y seguridad a la sociedad de la que es servidor.  
  9. Que las acciones privadas de los hombres que de ningún modo perjudiquen a un tercero, no son de incumbencia del estado.
  10. Que las relaciones entre las personas son voluntarias. El estado no tiene la potestad de intervenir o alterar los acuerdos voluntarios entre los ciudadanos. 
  11. Que el imperio de la ley está siempre por encima de la voluntad de los gobernantes. Lo dispuesto por ley establecida mediante el debido proceso constitucional se
    impone a los gobernantes y a los gobernados

  12. Que los candidatos electos para ocupar cargos en los poderes del estado, representan a todos los ciudadanos; Y no a los partidos que los postularon.
  13. Que la única finalidad de los impuestos es la financiación del funcionamiento del estado.
  14. Que el municipio es el espacio político primario de la sociedad.
  15. Que el gobierno no debe destinar recursos a la imposición de una escala de valores o estilo de vida en particular.




Los abajo firmantes suscribimos a estos principios fundamentales y nos comprometemos a defenderlos.



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viernes 27 de marzo de 2009

ELECCIONES JUNIO 2009

Estimados Lectores:

Cómo todos sabrán, el Régimen se salio con la suya, y gracias a ciento treinta y seis diputados delincuentes y ocho diputados zurdos incorregibles que se abstuvieron, y cuarenta y dos parásitos senadores, aprobaron la ley que adelanta las elecciones nacionales para el día 28 de junio de 2009.

Ahora bien, es de público conocimiento que el Régimen no juega nada limpio en cada eleccionario y hacen desaparecer boletas y votan hasta los muertos.

Es por eso que resulta muy necesario, y es urgente que estemos preparados, que cada uno de nosotros invierta un día de su vida fiscalizando una urna en la escuela de su barrio que más les guste. Parece algo complicado, pero en realidad es bastante fácil, el Groncho te lo explica...

Yo, en mi caracter de simple ciudadano, les pido que traten de estar ahí el 28 de junio. Es por nuestro futuro, por el de nuestros hijos, para que no nos roben más, para que se dejen de joder y empiecen a sentir que los estamos controlando y que así los Ciudadanos vamos a hacer todo lo posible para destituirlos si no se ubican y cambian de actitud. (*)

Bueno, por último, pasen por este blog donde se está armando esta donación cívica (donás un día a la patria).




(*) Yo creo que los representantes del Régimen han hecho méritos suficientes como para que se les inicie el correspondiente juicio político, y una vez destituídos, la correspondiente causa penal.

PD: Saludos al Gran Hermano que seguramente está tomando nota de lo que escribí.

TODO LO ESCRITO EN ESTE POST ES OPINIÓN PERSONAL DE MARIANO IRAOLA.


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domingo 22 de marzo de 2009

La crisis financiera global



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jueves 5 de marzo de 2009

La Ayuda A Los Pobres


Este trabajo que pasé al español es de una inmensa importancia. Allí, a la luz de la genialidad y el humor de Stefan Molyneux se introduce un concepto que a pesar de su simpleza contiene una relevancia extraordinaria, sobre todo en la actualidad donde la ayuda a los pobres es la excusa para el uso de la fuerza del estado sobre la población.
Lean y en lo posible distribuyan.



Encerrado en el baúl del auto: la solución política al problema del shopping

Ahora que mi mujer empezó a tomar cursos de ciencias políticas, las cosas se han vuelto bastante confusas en mi casa. Justo esta mañana alguien tocó a mi puerta. Al abrirla, me encontré con un enorme sujeto que preguntó por mi mujer.

"Creo que se esta cambiando porque justo hoy iba al Shopping, le dije extrañado.

"Ah" me dijo mientras se pasaba un escarbadientes por la boca, una y otra vez. "Ya sé por eso estoy aquí.

Quede mirándolo y me pregunté: un ayudante de compras? encargado de las bolsas? masajeador de pies? qué será?

Escuche a mi esposa bajar las escaleras. "Ah" exclamó. "Excelente, ya estoy lista!"

"Muy bien" contestó el hombre. Sacó una bolsa gigante por debajo de su traje. "Agáchese un poco" le dijo a mi esposa, mientras pasaba la bolsa sobre su cabeza.

Hice un intento de agarrarla del brazo pero decidí en vez usar palabras. "Qué estas haciendo?" le demandé al hombre

Mi esposa se enderezo sonriéndole al hombre. "Todo esta bien" dijo. "Me temo que mi esposo es muy liberal"

El hombre dio vuelta la vista mientras entrecruzó los brazos.

"La cuestión es querido" mi esposa sonrió, "verdaderamente tengo ganas de ir al Shopping..."

"Y por eso...te dejas llevar en una bolsa por este hombre?"



"Claro! Así es como funciona. No lo comprendí hasta tomar el curso de ciencias políticas, pero me resulta tan claro ahora"

"Qué cosa?"

"Bueno, antes cuando quería ir al Shopping, no era muy eficiente. Sólo tomaba mi cartera y las llaves del auto, iba al Shopping y simplemente compraba. Que locura era eso. Ahora finalmente comprendí como debería ser. Entonces cuando quiero ir al Shopping, llamo a este caballero que toma mi tarjeta de crédito, me mete en esta bolsa, coloca la bolsa en el baúl de mi auto, me lleva hasta el Shopping , hace las compras por mí y de paso compra algunas cosas para él. No es eso mucho mejor?

"Querida, seriamente no entiendo como eso tiene el mínimo sentido, haciéndolo sola no sería mejor?"

"Querido" dijo suavemente." Así es como se supone que debe hacerse. Si quiero hacer algo, llamo a alguien que me fuerce a hacerlo. Qué podría ser mejor? Es perfecto"

"Te puedes quedar con tu auto?"

Mi esposa miro curiosa al hombre a su lado. Él se adelanto y dijo: "No creo. Me parece que lo necesitaría un día o dos. Los llamo cuando haya terminado de usarlo y ustedes pueden venir a buscarlo. Esta bien?

"Claro que no esta bien" grite. "Si mi esposa quiere ir al Shopping, no necesita que la fuerces a ir al Shopping y encima comprando cosas para vos también."

"Querido" dijo devuelta mi esposa suavemente. "Es exactamente como las cosas deberían funcionar". Mientras se comía las uñas dijo. "Es exactamente como ayudamos a los pobres con los programas del estado de bienestar, no?"

"Qué?"

"Bueno, nosotros como votantes queremos ayudar a los pobres, verdad? Por tanto votamos políticos que nos obliguen a ayudar a los pobres. Toman nuestro dinero, lo gastan en los pobres en la medida que lo vean apropiado, comprándoles varias cosas a su vez! Y si esa forma de hacer las cosas es lo suficientemente buena para algo tan importante como ayudar a los de menores recursos, seguramente también es lo suficientemente bueno para algo trivial como mis compras en el Shopping! Estoy en lo cierto, o estoy en lo cierto?

"Pero...si queremos ayudar a los pobres tan desesperadamente que votamos a políticos para que nos fuercen a ayudarlos, entonces para que necesitamos políticos en primer lugar? Por qué no simplemente ayudamos a los pobres nosotros mismos!"

"Ah" ella dijo con una sonrisa triunfal, " eso es porque somos demasiados egoístas para ayudar a los pobres nosotros mismos"

"Pero si fuéramos lo suficientemente egoístas como para no ayudar nosotros mismos a los pobres, entonces seguramente nunca votaríamos a políticos que nos fuercen a ayudar a los pobres en primer lugar! Y si no queremos ayudar a los pobres, entonces el gobierno nunca lo haría por nosotros, porque nunca votaríamos a un político que prometiera eso! Por eso si la mayoría de la gente quiere ayudar a los pobres, entonces no necesita votar políticos que los fuercen a ayudar a los pobres, no es así?"

Por un momento ella parecía confundida. "Bueno..."

"Mira lo que esta pasando ahora! En el pasado, si querías ir al Shopping, sólo tenias que ir y comprar lo que quisieses! Ahora mira toda esta burocracia y complicación - este sujeto vino a ponerte en una bolsa y manejarte hacia el Shopping en el baúl de tu auto, y luego comprar lo que le parece que necesitarás y comprarse cosas para él mismo también. Cómo puede ser eso más eficiente - o en cualquier otra forma mejor - comparado al antiguo método?"

Tartamudeando. "No, eso..."

"Si dejamos que estos políticos nos fuercen a ayudar a los pobres, qué pasa si gastan todo el dinero en formas que no ayudan en lo más mínimo a los pobres? Qué sucede si deciden gastar más dinero en ellos que en los pobres? Podemos pedir por nuestro dinero devuelta? Lo ves, si queremos ayudar a los pobres - o los enfermos, o los ancianos, o quien sea - simplemente hagámoslo, y no necesitamos que el gobierno nos fuerce a hacerlo. Si el gobierno refleja la voluntad del pueblo, entonces no necesita forzarnos a hacer cosas. Si el gobierno, por otro lado, no refleja la voluntad del pueblo, entonces directamente estaríamos en una tiranía. Ves a lo que voy?"

"Si, pero..." Mi esposa se trababa mientras trataba de escapar del razonamiento borroso del estatismo.

"Pero, quién te dijo todo esto en primer lugar" le pregunté.

El enorme sujeto do un paso adelante y dijo, "yo".

"Si" dijo mi esposa apenada. "Perdón por no introducírtelo. Él es mi profesor de ciencias políticas".

Extendió sus enormes brazos mientras yo lo miraba.

"Hey", dijo el profesor, mientras hizo un movimiento brusco con el brazo. "No tengo todo el día. Que tal si solucionamos esto votando? Quiero decir..."agregó inclinándose sobre mi esposa. "Asumo que cuento contigo en hacer lo correcto, y demostrarme que entendiste los cursos que te dí"

Nerviosa asintió con la cabeza mientras miraba asustada a su profesor. Supongo que quería aprobar el curso.

El profesor levantó la mano, aquella con la cual sujetaba la bolsa. "Yo voto ir al Shopping" gritó. "Necesito algunas cosas".

Mi mujer tenso sus labios. "Es la decisión correcta" dijo mientras levantaba la mano con sus ojos cerrados.

En un parpadeo desapareció dentro de la bolsa.

Estaba apunto de llorar en oposición a esta violación a la razón, a la propiedad, a la moral...pero por supuesto yo soy la minoría, así que cuál es el punto?

Autor: Stefan Molyneux
Traducción: Fernando Aguilera




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domingo 1 de marzo de 2009

El Cura empresario

Voy a transcribir una nota muy interesante que salio hoy en el Suplemento Enfoques de La Nación. Es una entrevista a cura vasco devenido empresario que deja algunos mensajes muy interesantes.

El "cura empresario", "el cura innovador" o simplemente "el cura", Luis de Lezama no es un sacerdote más en España. Preside un grupo económico a cargo de 21 restaurantes (dos de ellos en Estados Unidos), un resort de lujo y tres escuelas de gastronomía y hotelería: en total, 600 funcionarios y 17 millones de euros de facturación por año. Raro para un hombre de sotana, y mucho más cuando dice que ha levantado su negocio sobre la misma base que una misa. "La justificación de mi empresa no está en la ambición de dinero o popularidad, sino en el mensaje evangélico", asegura el sacerdote de 72 años, quien pasó unos días en Uruguay con la triple finalidad de descansar, escribir un libro y casar a Hilario, hijo de su amigo Roberto Canessa, sobreviviente de la tragedia aérea de los Andes.

(aqui van las primeras líneas de texto del post. todo lo que se agregue debajo de este bloque de texto sólo se verá clickeando el link "seguir leyendo ...")

 
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La historia se remonta a finales de los años 60. En una España deprimida, con Francisco Franco en el ocaso de su gobierno, De Lezama era cura en Vallecas (Madrid), donde abrió un albergue para jóvenes marginales, en su mayoría "maletillas", chavales que sueñan con convertirse en toreros y quedan al cabo sin corrida y sin estudios. Como una de las máximas del sacerdote refiere a nunca pedir limosna, él y esa veintena de jóvenes vivían como recicladores. "Ibamos a la rebusca, la busca (de basura) era para los privilegiados. Y vivíamos de las chatarra, los cartones, papeles viejos". La otra máxima de Lezama se ha transformado en lema del grupo empresarial: "No dar peces, sino enseñar a pescar". O a cocinar, administrar y dar un buen servicio. Así surgió la idea atrevida de abrir un restaurante para que él y esos jóvenes pudieran producir. Un amigo consiguió el local, él pidió licencia de sacerdote y en 1974 se inauguró La Taberna del Alabardero, en Madrid, frente al Teatro Real.
Allí comienza una expansión casi milagrosa en la que un cura que no sabía de cocina y unos jóvenes que no sabían nada de nada pusieron la primera piedra de una de las cadenas más prestigiosas de España. "La Taberna era frecuentada por intelectuales, periodistas, políticos. Y muchos que venían del exilio. Uno de ellos, un tal Isidoro, resultó que era Felipe González. Allí empezó a gestarse un nuevo estilo de sociedad, de democracia y también de restaurante. De aquellos con mantel de hilo o casas de comida de hule surgió esta taberna donde se comía la cocina de la abuela."
Con esa misma impronta, el crecimiento no ha parado hasta hoy, con la última sucursal recién abierta en Seattle (EE.UU.), pese a la crisis. Pero justo en la cúspide, De Lezama abandonó el grupo empresarial que dirigió por 35 años para volver a calzarse la sotana y transformarse en párroco, aunque mantiene la presidencia de la compañía y de su fundación. En 2005 le asignaron una parroquia en el barrio madrileño de Monte Carmelo.
La tercera actividad del cura es el periodismo. Lo estudió y ejerció para financiar el albergue de "muletillas". En 1972, como periodista de la agencia EFE, viajó a Uruguay para entrevistar a 16 muchachos que habían sobrevivido 72 días los Andes. A la vez, produjo un curioso reportaje con el movimiento Tupamaro, uno de los pocos que dio la guerrilla uruguaya mientras estaba en actividad.
A Uruguay lo prefiere en verano, cuando se toma unas vacaciones. En casa de los Canessa, distendido en un sillón, habla de negocios, de la crisis, y de algo clave para él: el capital humano. Pero también de la liturgia, la fe cristiana y de cómo y por qué en Uruguay pululan las sectas. Lenguajes y ámbitos en apariencia muy distantes, pero pareciera que este cura innovador logra unir lo que el hombre ha separado. 

-¿Cómo es que un sacerdote termina siendo empresario? 

-Después del Concilio Vaticano II, surge en España un grupo de sacerdotes muy preocupados por lo social. En 1962 yo estaba en un pueblecito llamado Chinchón y empecé a acoger a muchachos marginales, que no sabían quiénes eran y todo eso se traslada después a Vallecas, donde abro un albergue. Pero luego cambia el cariz de todo esto cuando dijimos: "Vamos a vivir de nuestro trabajo". Y en 1974 abrimos la Taberna del Alabardero. Contratamos a un chef vasco, como yo, y nos pusimos a trabajar en un tiempo en que se fraguaba un cambio en España. Franco estaba en sus últimos momentos y por las pocas mesas de la Taberna pasaron la mayoría de los intelectuales de la época.
-¿Pero se imaginaba el crecimiento que tuvo luego? 

-No nos imaginamos nada. Teníamos esa idea de transformar la Taberna en una escuela de formación humana, de valores, que hoy es tan importante en una España que se ha hundido en la cultura del pelotazo económico, de proyectos que ganaban mucho dinero de la noche a la mañana y que hoy ha estallado, dejando cuatro millones de desempleados. 

-De ahí que usted haya afirmado que su empresa es una especie de extensión de su servicio como sacerdote... 

-Estoy convencido de que no hubiera hecho nada de esto si no hubiera sido sacerdote. La justificación de mi empresa no está en la ambición, el deseo de ganar dinero o popularidad; está en el mensaje evangélico. 

-Es una vía poco ortodoxa... 

-Puede ser, pero la Iglesia en estos tiempos debe ser más activa en su misión de ir a buscar a aquellos que están lejos de la fe. Claro que es más fácil volver a la rutina. La liturgia es parte importante de la pastoral, pero no podemos quedarnos en eso. Necesitamos una pastoral de comunicación, de comunidad, y eso rompe con la rutina. He visto en muchas ciudades, en Madrid y otras, que las iglesias están cerradas durante todo el día. Las abren media hora antes de la misa y luego las cierran. Yo no conozco ningún negocio que cerrado produzca. (n. de b.: avisenle a los K).
-¿Cuál es su concepto de empresa? 

-La empresa es mucho más que el lugar donde se gana el dinero para vivir. Es una segunda familia, donde uno tiene que trabajar y tiene que haber un respeto a los valores de cada uno. Si la fregadora de la Taberna del Alabardero en Seattle, la última que ha abierto, para el tren de lavado, todo se paraliza.Este conjunto de equipo hace que si el chef realiza buena comida, el maitre ofrece un buen servicio, la señora que frega los platos lo hará con más ilusión si hay esta armonía que si estamos en esa especie de lucha social interna. Desgraciadamente, no nos hemos dado cuenta de que la lucha de clases se ha perdido. Hoy estamos en otra coyuntura y a veces, en la carencia y dificultad, aprendemos que la fregadora puede ser mi mejor compañera, que debe tener un sueldo equilibrado y que no la puedo maltratar. Esto muchas veces se ha aprendido con sangre. 

-¿No ha tenido problemas con los sindicatos? 

-No. Pero los sindicatos hoy deberían cambiar. Tendrían que ser los principales responsables de la educación y cultura del pueblo para la formación profesional y no dedicarse a buscar dádivas del poder, que por cierto les tapa la boca con dinero. Hoy, muchos sindicalistas tiene la boca tapada con millones. Y los sindicatos, cuando se juntan con el poder, pierden su fuerza. Lo mismo pasa con la Iglesia: cuando se liga al poder, pierde sus valores espirituales. Por eso, una Iglesia controvertida, en difícil relación con el poder, siempre será más sincera, más auténtica y más cristiana. 

-¿Tiene detractores dentro de la Iglesia? 

-Siempre hay gente que ve las cosas de otro modo. Me he sentido prejuzgado, que hacía esto por dinero, por popularidad, hasta para conseguir chicas (risas). 

-Está escribiendo un libro cuyo título será El capital humano , ¿a qué se refiere? 

-Aquí, en Punta Colorada, he avanzado bastante con ello. El capital humano es el valor del equipo que forma una empresa y su proyección. La cuenta de resultados de una empresa que no tenga en cuenta hoy el capital humano y la investigación y desarrollo, la I+D, se muere. Y se muere más rápidamente que antes. (n. de b.: recordar al empresariado nacional y popular).

-¿En qué gasta su empresa los 17 millones de euros que factura?
-En esto. Tenemos tres escuelas de hostelería con nivel universitario y estamos por abrir otras dos. También armamos una fundación, que es civil y no religiosa, dedicada a la formación del ser humano y que da acogida un poco a lo que he venido haciendo desde 1962. No podemos parar, cuando uno está trabajando con jóvenes no se puede venir abajo. Las cuentas de resultado no van a mejorar si uno se pone triste, serio, cabizbajo; hay que echarle mano a la imaginación. 

-Para muchos, la figura del empresario se asocia a alguien sin sentido social, ¿cómo ha lidiado con esto siendo cura? 

-Ya no hay más lucha de clases. Habrá empresarios buenos y malos, pero esa idea del empresario como mal social, causa de todos los problemas, cuando los países no eran cultos tenía chance para los políticos de izquierda. Pero hoy que el nivel de cultura, en España, en Uruguay y en muchas partes, ha avanzado, eso me parece una cosa del Antiguo Testamento. Los jóvenes están hartos de discursos y palabras huecas. Los contenidos son más reales, rápidos y eficaces. Hay que crear ideas. "Enseñar a pescar, no dar peces". Lo dice el Evangelio.

Link
Lo posteo porque me parece que deja algunas cosas interesantes.

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Hitler era Keynesiano



Excelente artículo de Lew Rockwell, alumno de Rothbard y actual colaborador de Ron Paul en el Congreso.
Desde chico nos enseñan constantemente que la violencia es mala, que obligar a las personas a la fuerza a hacer aquello que no quieren es tiránico, que el robo es un pecado gravísimo. Sin embargo, a la hora de hablar de economía esos principios se vuelven un poco flexibles, por no decir que son completamente denostados. Más grave aun, es la manera como las personas se engañan a si mismos para hacer creer que el híper intervencionismo no es violencia. De ahí que la creación de un sin número de impuestos sea sólo "una política redistributiva,. la impresión de moneda a costas del poder adquisitivo de la población, una "herramienta legítima del estado en mira del bien común", y el inagotable enduedamiento interno y externo "una necesidad para la estabilidad social".
Debemos llamar a las cosas por su nombre. A las tres herramientas del estado que mencione no se lo puede catalogar como algo distinto al robo y la violencia. Mientras que a los que las aplican, no se los puede denominar en forma distinta que a los ladrones y los salvajes.

Artículo por Lew Rockwell

For today's generation, Hitler is the most hated man in history, and his regime the archetype of political evil. This view does not extend to his economic policies, however. Far from it. They are embraced by governments all around the world. The Glenview State Bank of Chicago, for example, recently praised Hitler's economics in its monthly newsletter. In doing so, the bank discovered the hazards of praising Keynesian policies in the wrong context.

The issue of the newsletter (July 2003) is not online, but the content can be discerned via the letter of protest from the Anti-Defamation League. "Regardless of the economic arguments" the letter said, "Hitler's economic policies cannot be divorced from his great policies of virulent anti-Semitism, racism and genocide…. Analyzing his actions through any other lens severely misses the point."



The same could be said about all forms of central planning. It is wrong to attempt to examine the economic policies of any leviathan state apart from the political violence that characterizes all central planning, whether in Germany, the Soviet Union, or the United States. The controversy highlights the ways in which the connection between violence and central planning is still not understood, not even by the ADL. The tendency of economists to admire Hitler's economic program is a case in point.

In the 1930s, Hitler was widely viewed as just another protectionist central planner who recognized the supposed failure of the free market and the need for nationally guided economic development. Proto-Keynesian socialist economist Joan Robinson wrote that "Hitler found a cure against unemployment before Keynes was finished explaining it."

What were those economic policies? He suspended the gold standard, embarked on huge public works programs like Autobahns, protected industry from foreign competition, expanded credit, instituted jobs programs, bullied the private sector on prices and production decisions, vastly expanded the military, enforced capital controls, instituted family planning, penalized smoking, brought about national health care and unemployment insurance, imposed education standards, and eventually ran huge deficits. The Nazi interventionist program was essential to the regime's rejection of the market economy and its embrace of socialism in one country.

Such programs remain widely praised today, even given their failures. They are features of every "capitalist" democracy. Keynes himself admired the Nazi economic program, writing in the foreword to the German edition to the General Theory: "[T]he theory of output as a whole, which is what the following book purports to provide, is much more easily adapted to the conditions of a totalitarian state, than is the theory of production and distribution of a given output produced under the conditions of free competition and a large measure of laissez-faire."

Keynes's comment, which may shock many, did not come out of the blue. Hitler's economists rejected laissez-faire, and admired Keynes, even foreshadowing him in many ways. Similarly, the Keynesians admired Hitler (see George Garvy, "Keynes and the Economic Activists of Pre-Hitler Germany," The Journal of Political Economy, Volume 83, Issue 2, April 1975, pp. 391–405).

Even as late as 1962, in a report written for President Kennedy, Paul Samuelson had implicit praise for Hitler: "History reminds us that even in the worst days of the great depression there was never a shortage of experts to warn against all curative public actions…. Had this counsel prevailed here, as it did in the pre-Hitler Germany, the existence of our form of government could be at stake. No modern government will make that mistake again."

On one level, this is not surprising. Hitler instituted a New Deal for Germany, different from FDR and Mussolini only in the details. And it worked only on paper in the sense that the GDP figures from the era reflect a growth path. Unemployment stayed low because Hitler, though he intervened in labor markets, never attempted to boost wages beyond their market level. But underneath it all, grave distortions were taking place, just as they occur in any non-market economy. They may boost GDP in the short run (see how government spending boosted the US Q2 2003 growth rate from 0.7 to 2.4 percent), but they do not work in the long run.

"To write of Hitler without the context of the millions of innocents brutally murdered and the tens of millions who died fighting against him is an insult to all of their memories," wrote the ADL in protest of the analysis published by the Glenview State Bank. Indeed it is.

But being cavalier about the moral implications of economic policies is the stock-in-trade of the profession. When economists call for boosting "aggregate demand," they do not spell out what this really means. It means forcibly overriding the voluntary decisions of consumers and savers, violating their property rights and their freedom of association in order to realize the national government’s economic ambitions. Even if such programs worked in some technical economic sense, they should be rejected on grounds that they are incompatible with liberty.

So it is with protectionism. It was the major ambition of Hitler's economic program to expand the borders of Germany to make autarky viable, which meant building huge protectionist barriers to imports. The goal was to make Germany a self-sufficient producer so that it did not have to risk foreign influence and would not have the fate of its economy bound up with the goings-on in other countries. It was a classic case of economically counterproductive xenophobia.

And yet even in the US today, protectionist policies are making a tragic comeback. Under the Bush administration alone, a huge range of products from lumber to microchips are being protected from low-priced foreign competition. These policies are being combined with attempts to stimulate supply and demand through large-scale military expenditure, foreign-policy adventurism, welfare, deficits, and the promotion of nationalist fervor. Such policies can create the illusion of growing prosperity, but the reality is that they divert scarce resources away from productive employment.

Perhaps the worst part of these policies is that they are inconceivable without a leviathan state, exactly as Keynes said. A government big enough and powerful enough to manipulate aggregate demand is big and powerful enough to violate people's civil liberties and attack their rights in every other way. Keynesian (or Hitlerian) policies unleash the sword of the state on the whole population. Central planning, even in its most petty variety, and freedom are incompatible.

Ever since 9-11 and the authoritarian, militarist response, the political left has warned that Bush is the new Hitler, while the right decries this kind of rhetoric as irresponsible hyperbole. The truth is that the left, in making these claims, is more correct than it knows. Hitler, like FDR, left his mark on Germany and the world by smashing the taboos against central planning and making big government a seemingly permanent feature of western economies.

David Raub, the author of the article for Glenview, was being naïve in thinking he could look at the facts as the mainstream sees them and come up with what he thought would be a conventional answer. The ADL is right in this case: central planning should never be praised. We must always consider its historical context and inevitable political results.

Fuente: lewrockwell.com





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domingo 22 de febrero de 2009

Cruzada progre contra internet

En el suplemento "señales" del diario Uno de Mendoza de hoy, contiene tres entrevistas del diario "El País" de España (PSOE), los tres entevistados tienen algo en común, están preocupados por el internet.
La primera entrevista es al ingles Harold Evanas "una leyenda del periodismo de investigación"según la nota. Según el "en internet te topas con muchas mentiras y nadie que pague por ellas"
La segúnda entrevista corresponde a "Tomás Eloy Martines", !argentino carajo¡ quien afirma que los posteos abre el camino de una peligrosa impunidad... El anonimato encubre una cierta infamia, encubre a veces sentimientos deleznables".
La tercera entrevista es a la periodista Mexicana Alma Gillermoprieto quien afirma que "la inrrupción de internet, ha llevado a una crisis de identidad a los periodistas de profesión"


La otra cosa en común que tienen las sucesiva entrevistas es que no dicen cual es la "solución" al "problema" planteado, queda como flotando en el aire y a la capacidad de deducción del lector. Lo que queda claro es que se sugiere que "hay que hacer algo" y ese "algo" es lo que me preocupa.
El totalitarismo progresista siempre en sus cruzadas totalizadoras sacá a relucir argumentos morales, "que hay que terminar con la infamia, con los comentarios deleznables, que se deben pagar las consecuencias por las mentiras"etc. Indudablemente son lobos rapaces que se disfrazan de cordero.
Esta zaga del diario "El Pais" es llamativa. Indudablemete Zapatero debe estar planeado algo con internet. Luego vendrán los imitadores locales. Habrá que estar atentos.
http://edimpresa.diariouno.com.ar/nota.php?id=206024
http://edimpresa.diariouno.com.ar/nota.php?id=206025
http://edimpresa.diariouno.com.ar/nota.php?id=206023

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jueves 12 de febrero de 2009

Libros para un diálogo inter-ideológico




Esta es una selección bibliográfica bastante improvisada, intuitiva, construida irregularmente sobre la base de criterios diferentes. El objetivo, el espíritu que la anima es, en cambio, uno y muy simple: hacer conocer entre sí a los diferentes tipos de mentalidades políticas a través de las obras y autores que podrían resultar a mi criterio más urticantes para cada uno, aunque la meta sea de todo corazón curar esas reacciones alérgicas.


Considero esta lista bibliográfica la única vía en que puedan escucharse mutuamente estos, por así decirlo, “tipos ideales” de mentalidad política (en el sentido más originario y abarcativo del término política) que tienden a conformarse como totalidades dotadas de sentido dentro del pensamiento político-doctrinal; el único camino en que puedan encontrar en sus pares la misma información provista por la realidad, pero, con otros anteojos teóricos, de forma que luego puedan comunicar racionalmente una teoría con otra, y todas estas con la propia, poniéndola a prueba desde dentro, corrigiéndola, mejorándola, buscando la verdad a pesar de que las posibilidades de errar aumenten.
Esta opción es mucho mejor que el ruido del foro, del debate, con sus interrupciones sin descanso. O, mejor dicho, es la mejor opción previa al debate.

El resultado buscado en este humilde intento es crear un puente de comunicación entre grupos todavía hoy casi incomunicados. Es una suerte de guía para un pluralismo unificador, confeccionada a las apuradas, cuyo título hasta podría llegar a ser algo tan frívolo como: “Qué debería leer cada uno si quiere escuchar opiniones filosófico-políticas distintas y tal vez cambiar de opinión” sin por eso dejar de tener razón de ser. Es, además, una guía sujeta a modificación constante dependiendo de las recomendaciones que reciba y lleguen a convencerme.
Espero entonces consejos y críticas de cualquier tipo.

Hela aquí…


Algunas advertencias previas:

En cuanto a las categorías que establecí, tengo que aclarar que las construí a fines prácticos de acuerdo a sus opuestos comunes, e intentando ser lo más breve posible.

La división que creo se repite una y otra vez es: liberales, socialistas, comunistas, nacionalistas, conservadores, socialdemócratas y anarquistas.

El fascismo, que parece excluido, en realidad aparece representado algunas veces en el socialismo y otras en el nacionalismo.

El nacionalismo no siempre, ni mucho menos, será representado por fascistas. Hay nacionalistas monárquico-estatales híbridos como los franquistas, socialistas populistas de izquierda, de centro y de derecha, incluso algunos defensores de la monarquía absoluta. Hay historiadores que no son nacionalistas pero hacen un revisionismo histórico que les favorece, etc.

El tradicionalismo, que no es exactamente lo mismo que el conservadorismo, aparecerá eventualmente representado dentro de este. También dentro de esta categoría aparecerán algunos autores que podrían ser considerados liberales, pero que considero no lo son del todo.

También, dentro de los socialdemócratas pondré a algunos autores que son, de hecho, liberales, pero cuyas obras resultan más una defensa de la socialdemocracia que del liberalismo (o, a lo sumo, una defensa del liberalismo político de corte igualitario americano, que del liberalismo clásico). También entre los socialdemócratas pondré a autores que son simplemente demócratas como Dahl, o bien demócrata-conservadores, como el caso del neoconservador Francis Fukuyama.

Entre los anarquistas incluyo tanto a individualistas (en favor o en contra de la propiedad privada pura o lockeana) como a colectivistas. Véase: a un anarcosocialista, a un anarcoindividualista, a un anarcocomunista, a un anarcocapitalista, a un anarcoprivatista, etc., siempre dependiendo de lo mismo: que su particular visión de la abolición del Estado sea la exactamente opuesta a la justificación del Estado por parte del pensamiento que tiene que escucharla.

Los comunitaristas merecerían un apartado, sean aquellos en el fondo modernistas en la línea de Walzer, sean aquellos que rescatan la herencia de las comunidades dentro de las sociedades tradicionales como lo hace Bauman pero con un objetivo casi “alter-moderno”, sean quienes las incluyen en un todo dentro del organicismo corporativista medieval, feudal de la Baja Edad Media, pre-feudal y meramente rural de la Alta Edad Media, y en cualquier caso gremial en los burgos, como el medievalista Jacques Le Goff, que sin embargo adscribe, en una forma casi habermasiana -extraña viniendo de un admirador de Foucault- a los valores de la modernidad occidental sin las consecuencias negativas de la modernidad misma. Los comunitaristas no son siempre “comunistas nostálgicos” de un idealizado comunismo primitivo, sino que muchas veces pueden ser cooperativistas comunales (en la línea de los mirs rusos), privatistas familiaristas (como Nisbet y en parte yo mismo), etc., o una suma de todos estos aspectos. Por todo esto incluirlos habría complejizado casi infinitamente las categorías. Por otro lado los comunitaristas parecieran ser más propensos a explorar diferentes opiniones y tal vez no requieran siquiera de esta recomendación.

Finalmente, en el comunismo sólo se encontrará,
prácticamente, a marxistas más ortodoxos, y otros autores radicales que pueden parecer socialistas pero tienen sus miras en la supuesta tendencia histórica a un comunismo futuro absolutamente planificado (y por ende político o mejor: politizado), industrializado, moderno y a la vez sin división del trabajo ni dinero. Excluyo a quienes creen que la línea del progreso evoluciona hacia una mayor individuación y complejización social, y que de rescatar la unidad social del comunismo lo hacen desde la perspectiva reaccionaria (y no por eso menos válida) de una consciencia moral desde la cual se requiere, en tono transhumanista, como es el caso de Houellebecq, de una completa transformación y superación de la naturaleza biológica, bien sea mediante una separación del hombre respecto del trabajo y la muerte dentro de un desarrollo tecnológico autosustentable, bien sea dentro de un cambio artificial del sustrato biológico.
En cualquier caso el comunismo incluirá a los marxistas que sólo durante una etapa son socialistas y cuyo objetivo final es -o debería ser- el comunismo, y algunas veces incluirá obras de comunistas puros pre-marxistas o no-marxistas. Y con el rótulo de socialistas quedarán todos aquellos cuyo ideal es esencialmente el socialismo, aun cuando se encontraran influidos por ideas marxistas, y sólo en raras excepciones colocaré libros de autores marxistas; por ejemplo lo haré cuando se aboquen directamente al problema del socialismo y su relación con el capitalismo. En pocas palabras: si el libro se centra en la propia doctrina marxista, lo ubicaré entre los comunistas; si se dedica a la meta comunista, no me importará que sea o no marxista, lo ubicaré también entre los comunistas; y si se dedica en forma no-marxista a la meta socialista, o bien es marxista pero explora puramente la "economía" socialista independientemente del horizonte último del marxismo, lo ubicaré entre los socialistas.

El objetivo, insisto, no es que cada uno se haga un mapa político de sus interlocutores, sino que escuche las voces que más y mejor han puesto en jaque a sus convicciones.





Un liberal
debería leer...

...del socialismo:
Socialismo: pasado y futuro de Michael Harrington
Socialismo y movimiento social de Werner Sombart


...del comunismo:

Crítica de la economía política de Karl Marx
Valor, acumulación y crisis de Anwar Shaikh

...del nacionalismo:
La Revolución Francesa de Rubén Calderón Bouchet
El liberalismo es pecado de Felix Sardà i Salvany

...del conservadorismo:
Conservadorismo de Robert Nisbet
La rebelión conservadora en Estados Unidos de George H. Nash

...del socialdemocratismo:
Entre el liberalismo y la socialdemocracia de Ángeles J. Perona
La gran transformación de Karl Polanyi


...del anarquismo:
¿Qué es la propiedad? de Pierre-Joseph Proudhon
La producción de la seguridad de Gustave de Molinari




Un socialista
debería leer...

...del liberalismo:
Camino de servidumbre de F.A. Hayek
Libertad de elegir de Milton y Rose Friedman
Por qué la globalización funciona de Martin Wolf
Por qué crecen los países de José Ignacio García Hamilton

...del comunismo:

El 18 brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx
Simón Bolívar de Karl Marx
El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado de Friedrich Engels

...del nacionalismo:
La decadencia de Occidente de Oswald Spengler
La hora de la espada de Leopoldo Lugones

...del conservadorismo:
La teoría pura de la ideología de Kenneth Minogue
Allende: el fin de un mito de Víctor Farías

...del socialdemocratismo:
La tercera vía y sus críticos de Anthony Giddens
Democracia de Robert Dahl

...del anarquismo:
La conquista del pan de Piotr Kropotkin




Un comunista
debería leer...

...del liberalismo:
La gran mascarada de Jean-François Revel
La controversia del valor de Ian Steedman
Crítica de la teoría del desarrollo de P.T. Bauer
El capitalismo y los historiadores de F.A. Hayek
El nacimiento del mundo occidental: una nueva historia económica de Douglass North y Robert Paul Thomas

...del socialismo:

El socialismo de Émile Durkheim
El capitalismo moderno de Werner Sombart

...del nacionalismo:
Los tres principios del Pueblo de Sun Yat-sen
China resurgirá de Chiang Kai-shek

...del conservadorismo:
Propiedad y libertad de Richard Pipes
Las principales corrientes del marxismo de Leszek Kołakowski

...del socialdemocratismo:
La sociedad abierta y sus enemigos de K.R. Popper
Teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas

...del anarquismo:
Historia del pensamiento económico de Murray Rothbard
La maquinaria de la libertad de David Friedman




Un nacionalista debería leer...

...del liberalismo:
Gobierno omnipotente de Ludwig von Mises
La obsesión antiamericana de Jean-François Revel

...del socialismo:
La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut
El asedio a la modernidad de Juan José Sebreli

...del comunismo:

La revolución traicionada de León Trotsky
El marxismo y la cuestión nacional de José Stalin

…del socialdemocratismo:
La igualdad política de Robert Dahl
América en la encrucijada de Francis Fukuyama

...del conservadorismo:
Sobre el poder de Bertrand de Jouvenel
Nacionalismo de Kenneth Minogue
La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset

...del anarquismo:
Monarquía, democracia y orden natural de Hans-Hermann Hoppe




Un conservador debería leer:

...del liberalismo:
La teoría de los sentimientos morales de Adam Smith
Los fundamentos de la libertad de F.A. Hayek

...del socialismo:
Principios de sociología de Ferdinand Tönnies
El olvido de la razón de Juan José Sebreli

...del comunismo:
La sagrada familia de Karl Marx y Friedrich Engels


...del nacionalismo:
Introducción a la teoría del Estado de Arturo E. Sampay

...del socialdemocratismo:
El futuro de la política de Fernando Vallespín Oña
Teoría de la justicia de John Rawls


...del anarquismo:
Genealogía de la moral de Friedrich Nietzsche
El único y su propiedad de Max Stirner




Un socialdemócrata debería leer:


...del liberalismo:
El corazón invisible de Russell Roberts
El capital humano de Gary Becker
El misterio del capital de Hernando de Soto
El cálculo del consenso de James M. Buchanan y Gordon Tullock
Tres New Deals: Reflexiones sobre la América de Roosevelt, la Italia de Mussolini, y la Alemania de Hitler, 1933-1939 de Wolfgang Schivelbusch

...del socialismo:
La política y el Estado moderno de Antonio Gramsci

...del comunismo:
Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels
La cajita infeliz de Eduardo Sartelli

...del nacionalismo:
Teoría general del Estado de Hans Kelsen

...del conservadorismo:
Capitalismo, socialismo y democracia de Joseph Schumpeter

...del anarquismo:
El hombre contra el Estado de Herbert Spencer




Un anarquista
debería leer...

...del liberalismo:

Anarquía, Estado y utopía de Robert Nozick
Ensayo sobre las libertades de Raymond Aron
Derecho, legislación y libertad de F.A. Hayek
Mañana, el capitalismo de Henri Lepage
En defensa del capitalismo global de Johan Norberg

...del socialismo:
La industria de Henri de Saint-Simon
Del socialismo utópico al socialismo científico de Friedrich Engels
Economía política de Oskar Lange

...del comunismo:
Manifiesto de los iguales de Gracchus Babeuf
Sobre la cuestión judía de Karl Marx
El Estado y la revolución de V.I. Lenin
El libro rojo de Mao Tse-tung

...del nacionalismo:
Los mitos de la Guerra Civil de Pío Moa
Los crímenes de la Guerra Civil de Pío Moa

...del socialdemocratismo:
Nuevas teorías del contrato social de Fernando Vallespín Oña
¿Qué es la democracia? de Giovanni Sartori
Los sistemas económicos de Joseph Lajugie


...del conservadorismo:
La formación del pensamiento sociológico de Robert Nisbet





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jueves 5 de febrero de 2009

Terminemos con el Banco Central



Este discurso fue realizado por Ron Paul ante la Cámara de Representantes en el día de ayer. Me encantaría ver que este discurso se hiciera ante nuestro Congreso, pero por desgracia nuestros "representantes" estan ocupados en cosas más importantes.
Ahora bien, llendo al tema en cuestión, no hubo en la historia de las naciones una "institución" más nefastas como los Bancos Centrales. Culpable de todas las grandes inflaciones del siglo XX, robándole a las personas el valor de su moneda, sin siquiera notarlo (el robo perfecto!).
En nuestro país el Banco Central fue creado en la vergonzosa década del 30', gracias a la terrible presidencia del general Justo, tal vez uno de los peores presidentes de la historia (atras del verdadero General, por supuesto), que en pocos años llevó a la nación de su 8vo lugar entre las economías mundiales, a la total bancarrota.
Si en verdad queremos un cambio en el país, debemos apuntar nuestros cañones a la raíz de los problemas. La eliminación total del Banco Central y sus burócratas sería un gran paso.


Before the US House of Representatives, February 4, 2009, introducing the The Federal Reserve Board Abolition Act, H.R. 833.

Madame Speaker, I rise to introduce legislation to restore financial stability to America's economy by abolishing the Federal Reserve. Since the creation of the Federal Reserve, middle and working-class Americans have been victimized by a boom-and-bust monetary policy. In addition, most Americans have suffered a steadily eroding purchasing power because of the Federal Reserve's inflationary policies. This represents a real, if hidden, tax imposed on the American people.

From the Great Depression, to the stagflation of the seventies, to the current economic crisis caused by the housing bubble, every economic downturn suffered by this country over the past century can be traced to Federal Reserve policy. The Fed has followed a consistent policy of flooding the economy with easy money, leading to a misallocation of resources and an artificial "boom" followed by a recession or depression when the Fed-created bubble bursts



With a stable currency, American exporters will no longer be held hostage to an erratic monetary policy. Stabilizing the currency will also give Americans new incentives to save as they will no longer have to fear inflation eroding their savings. Those members concerned about increasing America's exports or the low rate of savings should be enthusiastic supporters of this legislation.

Though the Federal Reserve policy harms the average American, it benefits those in a position to take advantage of the cycles in monetary policy. The main beneficiaries are those who receive access to artificially inflated money and/or credit before the inflationary effects of the policy impact the entire economy. Federal Reserve policies also benefit big spending politicians who use the inflated currency created by the Fed to hide the true costs of the welfare-warfare state. It is time for Congress to put the interests of the American people ahead of special interests and their own appetite for big government.

Abolishing the Federal Reserve will allow Congress to reassert its constitutional authority over monetary policy. The United States Constitution grants to Congress the authority to coin money and regulate the value of the currency. The Constitution does not give Congress the authority to delegate control over monetary policy to a central bank. Furthermore, the Constitution certainly does not empower the federal government to erode the American standard of living via an inflationary monetary policy.

In fact, Congress' constitutional mandate regarding monetary policy should only permit currency backed by stable commodities such as silver and gold to be used as legal tender. Therefore, abolishing the Federal Reserve and returning to a constitutional system will enable America to return to the type of monetary system envisioned by our nation's founders: one where the value of money is consistent because it is tied to a commodity such as gold. Such a monetary system is the basis of a true free-market economy.

In conclusion, Mr. Speaker, I urge my colleagues to stand up for working Americans by putting an end to the manipulation of the money supply which erodes Americans' standard of living, enlarges big government, and enriches well-connected elites, by cosponsoring my legislation to abolish the Federal Reserve.

Fuente: lewrockwell.com


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domingo 1 de febrero de 2009

El argumento de la eficiencia no sirve




Por Stefan Molyneux

For three main reasons, freedom can never be won by arguing for economic efficiency. Such efficiency is always debatable, inevitably rests on technical details obscure to most people, and is one of the topics most subject to government misinformation. In Canada, arguing that a free market will produce lower costs in health care, for instance, always brings the contrary example of the United States, and its high spending on medical costs. Refuting this misleading statistic requires exhaustive levels of detail, which the listener has likely never heard before, and which are easy to dismiss. Arguing that health care was cheaper before the government got involved is also unproductive, since people can easily argue that technology was far less advanced in the past, or that there were fewer old people, or less life-extending procedures and pills. The argument from efficiency is never conclusive, since it requires statistics, a mountain of specialized knowledge, enormous patience – and it can be derailed at any time by false, missing or incomplete information.

The argument from efficiency also requires near-omniscience. Arguing that the free market is more efficient – and how each of its supposed ‘inefficiencies’ always results from state intervention – requires detailed knowledge of literally dozens of fields. Explaining to someone why the California energy crisis resulted not from privatization, but state control, requires at least half an hour of lecturing on economics, history and regulation. Not a pleasant prospect! And even if the listener makes it through to the conclusion, he or she has just learned an interesting piece of history. He will not have the ability to extrapolate these facts into general principles of economics – even with help – let alone moral axioms regarding state violence.

You may be adept at arguing against anti-monopoly legislation by referencing the software industry – but what if your listener is well-versed in the steel sector? Telecommunications? Libraries? At some point, your knowledge will falter, and you will have to promise to get back to her. This is why so many freedom advocates rush from books to lectures to web sites for evidence – and risk turning themselves into terminal bores. It is an impossible quest.

Imagine instead that you are a 19th century abolitionist arguing against slavery. You say the slaves should be freed, and base your argument on economic efficiency. The objections you must overcome include the following:



-How on earth would freed slaves find jobs when the economy is so bad?
-You can’t educate slaves – that’s why they’re slaves!
-Freed slaves have no job skills, and would just turn to crime.
-Slaves are the only efficient way to run agriculture.
-Slaves don’t have any sense of responsibility – it would be cruel to give them their "freedom."
-There is no way you can run a plantation without slaves.
-They don’t have any property, so they’d have to sell their labour to the plantation owner anyway – how would they be any more free?
As you can see, you would have to be an expert on a half-dozen fields just to answer a few of the objections that could be raised against your argument. The debate would quickly turn into a stalemate, as do all arguments for liberty based on economic efficiency.

The second reason that this approach fails is that people will never accept the risk of wrenching social change for the sake of theoretical economic benefits somewhere down the road. Liberty advocates must always remember that they are playing with fire whenever they talk about a fundamental reorganization of society. Most such ‘reorganizations’ result in far worse conditions for the average citizen. People are generally terrified of fundamental change – and for good reason. A possible increase in economic efficiency will never motivate them to put their entire way of life at terrible risk.

The third reason why the efficiency argument can never win is that people don’t really care about economic efficiency very much. Two quick examples. The first is parenthood. How could one argue that having children is economically efficient? They are expensive, exhausting and time-consuming – and few of the benefits of having children can be measured by economic statistics. This is an example of what generally motivates people. Not economic efficiency, but something else.

For another example, look at any wartime draft. When called up by their leader, men often flock to the slaughter without resistance. What is ‘efficient’ about that? One fundamental truth of human nature is that if people think that something is moral, they will bear almost any burden to support it. Women send their sons to war. Wives kiss their husbands goodbye. Children are proud of their father’s murders.

As it is with war, so it is with state power. If people believe that the state helps the poor, or heals the sick, or educates the ignorant, they will bear any burden to support it. They may grumble at their levels of taxation, but will soldier on regardless.

So if the argument from economic efficiency does not work, what can? There are, in my view, two other main approaches. We will only deal with one here – the argument from consistency – and leave the other to the next article.

What is the argument from consistency? Well, people believe that it is moral for the government to use force to take from the rich and give to the poor. One effective argument against this is to ask whether this is a universal moral principle. If the person says "yes," ’ then he has to agree that anyone can do it. A poor man can rob a rich man at gunpoint. Anyone who owns less than someone else can mug her, and shoot her if she resists. Is that the kind of world they believe would be good and just? Of course not. So, the principle that it is OK to use violence to transfer wealth has just been demolished. It is no longer a universal moral principle, but something else entirely.

This kind of argument does not require a sophisticated knowledge of history, economics, politics or any other detailed discipline. More importantly, it also does not require that the listener know any of these topics. All that is required is some gentle Socratic persistence.

Of course, the argument never ends there. People will come up with all sorts of nonsense about democracy, collective decisions and the transfer of moral authority to the state, but all those arguments are easy to demolish, as long as one does not forget that the state is nothing but a collection of individuals. Also, contracts that are entered into voluntarily are morally binding. Contracts that are enforced without consent are not. A man who buys a car must pay for it. A man who buys a car for a woman without her consent cannot compel her to pay for it. This is why centralized and enforced democratic ‘decisions’ are immoral.

So what does this look like in practice? Let’s take a common example: health care. Most freedom advocates have run into the difficulty of unraveling the US mess in particular. The argument from consistency might look like this:

-Medical care must be entirely privatized.
-But it’s more expensive when the State does not run it. Look at America!
-I don’t believe so, but what if it is? Can I tell you how much you should spend on health care? Perhaps, in a free society, people would choose to spend half their income on health care. Would you tell them they cannot?
-But in the US, 30 million people don’t have health insurance.
That is the result of terrible government laws which drive the cost of insurance up, and the benefits down – but let’s say that it is purely voluntary, that many people don’t want health insurance. So what? Would you force them to take health insurance?
-But people should have health insurance!
-Why? What if it costs half their income, and they’re eighteen, and very healthy, and take the bus, and don’t skydive, and always cross at the light, and so on? For that person, health insurance would probably make no sense. They would be far better off getting themselves educated, or saving their money, or just taking the risk of getting sick. Health insurance is a very personal decision. I would never feel comfortable making that choice for someone else.
-But if that eighteen year old gets sick, they have to go to a public hospital, and so they incur a social cost.
-Yes, at present that is true, but it won’t be the case if health care is privatized.
-So they’ll just die in the streets?
-Would that bother you? Watching poor people die in the streets for lack of health care?
-Of course!
-So you would help them, right?
-Yes, I would, but…
-And so would just about everyone else. Everyone cares about such things. The very presence and acceptance of state-funded health care proves that people care about sick people who can’t take care of themselves. So that won’t be a problem. But even if it is – let’s say that not one person in society cares about sick poor people, and they do die in the streets. If that is so, then giving the government more power would not help them, because such apathetic citizens would never vote for politicians who would care about the poor – and the politicians themselves would not care about the poor, since no one does. So – either people care about the sick and poor, and will help them without the government, or they don’t, in which case the government won’t help them either. The entire point of privatization is that we cannot force our own preferences on other people. If you prefer for everyone to have health insurance, I think that is wonderful! You should start up an insurance company and figure out how to provide it. Or support someone else who does. Or give to charity. Or become a doctor and work two days a week for free. Or pay extra for your own insurance so that others can pay reduced rates. There are thousands of ways to help. But the government cannot morally force people to give money to the poor, or provide them with free health care, because if it’s moral to force charity, then anyone can do it. We must then grant poor people the moral right to grab guns and rob doctors and hospitals for themselves.

This approach, of course, rarely clinches the argument. But it might be instructive to notice that the above argument never appeals to the economic efficiency of the free market. One of the most powerful debating techniques is to assume that your opponent’s premises are true, and then prove that they lead to absurd consequences. Thus, the argument which states that certain people may use violence on behalf of others – through taxation and welfare – can be easily countered by saying that, if it is the right thing to do, then everyone should be encouraged to do it. The government is then not needed – a moral person should just arm the poor directly and submit to their inevitable predations.

In conclusion, it is high time that freedom advocates bid a fond farewell to the argument from economic efficiency. It has been an instructive exercise for us to prove – at least to ourselves – that the free market can indeed provide the goods and services currently inflicted on society by brute state power, but it will never be stirring enough to motivate a larger movement. In the difficult march to a freer world, we need a more powerful banner. The argument from consistency is a good first step – but our true banner is not efficiency, or consistency, but the morality and goodness which naturally stirs and rouses to action every noble intent in the hearts of men.

Fuente: http://www.lewrockwell.com


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