martes, 30 de abril de 2013

Populismo K a prueba de tontos

(Este post lo publiqué en el blog Argenlibre y se perdió junto con el resto de los artículos cuando fue censurado. Por ende, todas las referencias temporales se encuentran atrasadas.) 


Insomne, hoy esbocé algunas respuestas a las "mejores" reflexiones finales del Manual del militante pasivo K que mostró Lanata ayer. Las demás referencias se refutan tan fácilmente solitas que supongo –¡espero!– no sea necesario aclararle el por qué a nadie. Sobre el resto del texto entero, en fin: es una suma de idioteces dichas sin pudor, y algunas cosas son reiteraciones deformadas de viejas falacias socialistas del tipo: "no podemos esperar que todos tengan automóviles en forma privada, bajando su acceso progresivamente de las élites a las masas, así que hay que proveer de bicicletas populares igualitariamente hasta llegar a los autos", etc. ¡Que otro pierda su tiempo! Concentrémonos en lo poco que queda.

Veamos:

5) Si todo lo hacen para coimear, ¿por qué no trabajan para las corporaciones y los ricos? ¿O las corporaciones en Argentina son cuáqueros que rechazan coimear?

Antes de pagar una coima hay que tener dinero, y para hacerlo hay que producir. Las corporaciones[1] no se hacen ricas por pagar coimas, mientras que los gobernantes sí se hacen ricos por recibirlas.
Sólo los políticos gestionan el verdadero poder y cobran peajes para hacer excepciones a quienes pueden pagarlos. Por eso cuando los gobernantes disponen de la suma de todo el poder gracias al estatismo, tienen más posibilidades de hacerse ricos directamente mediante la exacción impositiva arbitraria y/o su uso discrecional, y no tienen que "rebajarse" haciendo favores a gente que tiene menos poder (mafias) o ningún poder (empresarios) pero que tienen más recursos a su alcance. En pocas palabras: el populismo posibilita que cada fracción del Estado use el poder de este colectivamente para obtener ingresos fiscales fuera del control de quienes los pagan (de cuya voluntad obviamente no dependen: a diferencia de lo que sucede con las corporaciones, los contribuyentes no son consumidores libres, si acaso tienen la suerte de consumir lo que pagan). La dinámica genera una clase política de funcionarios que pueden enriquecerse de sus propias arcas.
Por eso las preguntas deben invertirse: si enriquecerse sólo pueden hacerlo las corporaciones ¿por qué no trabajan los kirchneristas para ellos? ¿Acaso los actuales gobernantes son cuáqueros que rechazan ser coimeados?

7) ¿Por qué la realidad del mercado mediático sólo generaba productos que rechazaban la visión política de un gobierno mayoritario? ¿No debería ser natural que gran parte de los medios represente esta mirada en tanto representa a la gente que la vota? ¿O acaso una mano invisible fuerza la falta de representación y la sobrerrepresentación de la oposición?

Otra vez, sólo hay que invertir las preguntas:
¿Por qué la visión de un gobierno mediático sólo genera productos que rechazan la realidad política reflejada en un mercado que depende de la mayoría? ¿No debería ser natural que este gobierno votado representara la mirada de gran parte de los medios en tanto estos representan a la gente que los elige? ¿O acaso la planificación estatal sobrerrepresenta la adhesión y fuerza a que la oposición falte en la representación?
La supuesta hegemonía mediática depende de la libertad de elección. Y, por primera vez, los electores se están equivocando menos al elegir las razones por las cuales hacen hegemónicos a los medios. Esperemos que sigan aprendiendo la lección de haber elegido tan mal en otras épocas: de haber escuchado lo que querían escuchar; de no haber pensado en el precio de hacer vivir a otros lo que no iban a querer vivir ellos, o sea, esto. Esperemos que se saquen el chip socialista de la cabeza de una buena vez. Porque, al fin y al cabo, la idea (propia de un proyecto de sociedad cerrada) de que las ideas expresadas en el total de los medios de comunicación deben porcentualmente reflejar las ideas en la población que es su público, presupone sujetos igualmente cerradas que, con independencia de la calidad del periodismo, quieren encontrar en la comunicación de masas una repetidora de sus opiniones presentes. Y no sólo eso: como si fuera poco, esta idea contradice el supuesto espíritu de la "Ley de medios", según el cual se intenta dar mayor espacio a medios que no tienen el público suficiente porque no serían conocidos, o sea: que el público pueda así descubrir medios que piensan distinto al pueblo y escucharlos a pesar de esto.[2]

8) Las dictaduras pegan, someten, silencian, matan. Si los K desean (pero no consiguen) pegar, someter, silenciar, matar, habrá que acusarlos de incompetentes, no de dictadores. ¿Cómo puede ser que, con tanto poder y tanta Kaja, no logran concretar estos objetivos?

La respuesta a una pregunta estúpida es la obviedad: ¡precisamente porque tienen tanto poder y tanta Kaja es que no necesitan pegar, someter, silenciar y matar! Cuando la Kaja se agota, ahí se somete; si no se adhiere al sometimiento entonces se silencia; si el silencio se quiebra entonces se pega; si no basta pegar entonces se mata.
Nosotros idolatramos a Venezuela, Venezuela idolatra a Cuba, Cuba idolatra a Corea del Norte. Nos decimos democráticos porque (supuestamente) no pegamos, (supuestamente) no sometemos, (todavía) no silenciamos, (todavía) no matamos. Y, sin embargo, idolatramos a los que dicen que la democracia consiste en el poder de pegar, someter, silenciar y matar a los que no serían parte del pueblo. Pero no los llamamos dictadores. Los llamamos revolucionarios (y dicho sea de paso, lo son, precisamente porque reorganizan dictatorialmente la sociedad).[3] A los únicos que llamamos dictadores, en cambio, es a los honestos; a los que por eso mismo no pueden justificar pegar, someter, silenciar y matar tanto y a tantos.





[1] Recuérdese que en el ámbito mercantil, y específicamente en Argentina, la palabra "corporación", que tan siniestra suena, no se refiere a otra cosa que lo que comúnmente se conoce como "sociedad anónima" (en contraposición a "sociedades de responsabilidad limitada", "sociedades cooperativas", etc.). Página/12 es una corporación, por ejemplo. Estas "corporations" de negocios, suelen ser conceptualmente confundidas con las corporaciones medievales, que son agrupaciones de gremios dispares o con intereses contrapuestos creadas para lograr aunarse por un interés común, política que sólo en referencia a un orden social basado en las mismas puede correctamente describirse con el uso de la palabra "corporativismo", idea que el fascismo intentó recrear mediante el Estado; que Perón repitió a medias calcándolo del modelo nazi, y que el propio kirchnerismo elogió como forma sindicalizada de conciliación de clases.
En todas las organizaciones, así como dentro de las mismas, se pueden dar situaciones de mutua protección dentro de un mismo cuerpo, que podría denominarse "corporativa". Ahora bien, si la lucha es contra ese corporativismo, entonces es una vil mentira: toda la política nacional del gobierno kirchnerista es declaradamente corporativa, incluso cuando de hecho este corporativismo no se establece como una política de Estado de igual acceso, y resulta en acuerdos mutuos de grupos de interés contra otros, lo cual deviene en conflicto. Por otra parte, si cuando hablamos de corporativismo nos referimos confusamente a las "sociedades anónimas", a las "corporations" como son referidas en el mundo angloparlante, entonces significa que la política kirchnerista contra las corporaciones es una política contra todas las sociedades por acciones, o sea, contra prácticamente más de la mitad de las empresas privadas de este país. En menos palabras, si este gobierno es fiel a su izquierdismo, y se declara enemigo de las corporaciones en el sentido usado en el pésimo documental propagandístico socialista The Corporation, entonces gobierno es enemigo de casi todas las instituciones económicas de su propio país. De hecho, y a mi parecer, lo es, pero entonces aclaremos los tantos a todos, a los votantes y a los futuros inversores. 
¡Y que no me venga un marxista con la falacia de que un Estado por adoptar un sistema de derecho y posibilitar la existencia de propiedad privada, está por eso al servicio de la misma, de quienes la utilizan o de ese mismo sistema! Salvo, claro, que tramposamente se entienda aceptar la existencia de algo como jugar a favor de la misma. Reducir al absurdo esta falacia nos sirve para demostrar lo contrario: ni el capitalismo de la NEP tenía como fin salvar al capitalismo (sino al socialismo), ni posibilitar la existencia de alquileres implica que la ley juegue desigualmente en favor de los propietarios y no de los inquilinos (lo que sería tan tonto como afirmar lo contrario: que permitir el derecho al uso de una propiedad ajena, o sea, el derecho a la existencia de un inquilino, implica favorecer a los inquilinos y permitir las ocupaciones). Y es que, obviamente, confundir permitir la existencia de una institución con favorecerla (cosa que sólo puede suceder a posteriori de permitirla) es la mejor excusa para negar la posibilidad de que ésta esté siendo perjudicada, o bien la mejor premisa para promover directamente su aniquilación en nombre de la imparcialidad de la justicia.


[2] Cabe mencionar que esta idea no sería tan mala si no fuera porque se parte del prejuicio de que la voz disidente no podrá ser descubierta en el mercado, con lo cual un giro en la demanda por medios de comunicación "distintos" no se promueve publicitariamente para que se gane su propio espacio conquistando al público (o sea, lo que en un lenguaje que odian se podría traducir como "hacerse un mercado") sino subsidiando la ocupación de ese espacio a costa de la elección del público existente, sin siquiera persuadirlo previamente. 
El precio que se paga por este intento artificial de que se conozcan "voces" supuestamente "diferentes" es, o bien el fracaso de obligar al público a pagar vía impuestos medios de comunicación que no elige mientras que una parte de la demanda se quedará insatisfecha, o bien el "éxito" de forzar a ese público a ver lo que no desea. En todo ideario socialista, lo que parece una combate contra la oferta de las empresas, implica en realidad el autoritarismo sobre la demanda de los consumidores de los cuales aquellas dependen.
Y como se ve, incluso este intento de forzar el pluralismo de voces presupone que la gente sólo desea escuchar sus propias opiniones, y que entonces deberá ser obligada a elegir lo que no desea elegir para probar el sabor de opiniones distintas. Este autoritarismo altruista y pluralizador no hace más que encubrir  –o, si somos generosos, podemos decir que, dada la discrecionalidad ideológica con la que el kirchnerismo seleccionará las voces de entre este pluralismo olvidado, este dirigismo deriva en– un autoritarismo oficialista, egoísta y unificador del pensamiento. 


[3] Una reflexión final sobre el sentido común "hegemónico" y la supuesta "contrahegemonía" con recursos gubernamentales. En otra época los marxistas-leninistas intentaban cambiar un sentido común capitalista, que se formaba espontáneamente en los individuos por vivir dentro de la sociedad burguesa, por un sentido común nuevo, socialista, que sin embargo no lograban nunca se formara espontáneamente dentro de la sociedad proletaria y por lo cual debían planificarlo y asistirlo permanentemente.
Las empresas privadas de medios de comunicación, si no reciben subsidios o protecciones, compiten para adaptarse al estado de ánimo imperante. Si intentan modificarlo, que pueden hacerlo, se arriesgan a afrontar pérdidas y por otra parte hacen evidente la disidencia. El mercado conspira contra los intereses comunes de las clases que genera, e incluso mercantiliza, o sea, amplifica, las ideas dirigidas contra su propia existencia. Los medios privados (si no tienen algún tipo de auspicio estatal para afrontar los costos, insisto) no se pueden dar el lujo político de intentar crear una hegemonía ideológica que requiere sincronicidad, así que sólo se las puede acusar de retroalimentar una tendencia que ya existe en el público. Las empresas públicas de medios son otra  historia, y si son parte de un gobierno que quiere crear otra sociedad, pueden hacer dicho adoctrinamiento del sentido común, incluso, como en este caso, con la ayuda de militantes que son más papistas que el papa. Pero como las sociedades que crean, las culturas que generan los revolucionarios sociales no son ni autosustentables ni tienen capacidad de autorreproducción: son absolutamente políticas y dependen de la infusión exógena de ideas por parte de un movimiento o un partido enquistado en el Estado. Este manual es un ejemplo patético.