martes, 12 de enero de 2016

Respuesta a la falsedad ideológica de Víctor Hugo Morales




La libertad de prensa es libertad de empresa. Lo dije antes aquí, y aprovecho para repetirlo hoy. Ojalá no fuera así (esto lo aclararé más tarde), pero la actitud del periodismo K refleja que casi siempre la opción contra esta realidad, en nuestra sociedad donde los bienes públicos son casi todos coercitivos, es la redistribución forzada de periodistas a los medios cuyos creadores o compradores no los desean, o bien la redistribución forzada de los recursos para intentar hacer hegemónicos a la fuerza a los medios que la gente no quiere ver. En menos palabras: la libertad de prensa no es la libertad del Partido Comunista de imponer el Granma contra las leyes del mercado. Y por ese poder perdido están llorando los autoritarios kirchneristas, ahora "golpistas" en sus propios términos, y defensores de una "constitucionalidad" ficticia, partidista y "social" estatal, construida bajo su gobierno.

Si acaso Víctor Hugo es "censurado" y tan popular, pues el medio que lo adopte tendrá a todo su público y se llenará los bolsillos gracias a su éxito (y él también se llenará los suyos). La "derecha" que tanto detesta defiende un sistema que depende mucho más de la independencia de su público que aquel que defiende la "izquierda", y por eso no hay un "socialismo real" que haya podido crear una institucionalización democrática de la participación política. Véase que, al fin y al cabo, lo que hace Morales es defender su propio valor de mercado en la sociedad civil, contra una supuesta presión política mediante la pauta publicitaria. ¿En qué quedamos? No le dice a las sectas de militantes que tiene por público algo como "el mercado me censuró con sus criterios de ganancia". No, por el contrario: él defiende, literalmente, el interés de los propietarios de Continental contra la supuesta presión del poder político; un poder que, debería recordar, fue electo por el pueblo (y el pueblo sabía lo que estaba votando; si acaso supone que no fue así en un principio, al gobierno kirchnerista no le faltaron oportunidades de comunicárselo, fútbol de por medio.)
Sin duda, si Morales hiciera lo contrario, estaría admitiendo que su voz impostada ya no da las mismas ganancias a la radio que lo empleaba. Así que no le queda otra que, véase bien: defender al "poder real" de una "corporación" contra el poder político; poder que, sin embargo, reitera que es ahora supuestamente títere de aquél. Algo parecido a los críticos del "dominio" del capitalismo sobre el gobierno yanqui, que al mismo tiempo critican el embargo a Cuba por parte del gobierno norteamericano porque le prohíbe a los capitalistas invertir en la isla.

Ahora bien ¿quién cree Víctor Hugo que le da esa independencia a los periodistas si no es el mercado de trabajo de los periodistas y la competencia de los medios por éstos? ¿Qué espera que pasará en un sistema que coherentemente, para evitar la existencia de ese malvado "poder real", elimine la libertad de empresa de la que es indisociable estatizándola o interveniéndola, alienándola así de la elección de sus consumidores?
Víctor Hugo es un demagogo que puede en una embolante media hora resumir todos los mantras del discurso ideológico populista; y puede hacerlo con todo el carisma y retórica falaz que desee, pero no pasará a ser verdad por eso. Su discurso suena creíble gracias al peor set posible de ficciones anticapitalistas que décadas de periodismo militante progresista ha insertado en la cabeza de casi toda la población y convertido en hegemónico, aun hoy. Recordemos cómo hace unos años el actual periodista orgánico del kirchnerismo decía exactamente lo contrario de lo que dijo hoy en la plaza, pero siempre cuidándose de darle la razón al pensamiento liberal que podría hacer sustentables sus opiniones:


Ayer defendía el poder real de los consumidores de hacer hegemónico al periodista que deseara; poder que ahora subestima y que pretende reemplazar con una educación forzada del público. Y eso en el fondo es lo que significa realmente la ley de medios: si la gente quisiera leer en su mayoría más Página/12 o Tiempo Argentino que La Nación o Clarín, no se necesitaría una ley para hacer más grande un medio de comunicación y más chico el otro. Y además no serviría de nada, porque la ley está hecha sobre un autoengaño respecto a la confusión entre hegemonía y monopolio: el Pravda era el único diario leído en Rusia, y cuando cayó la URSS la gente dejó de comprarlo instantáneamente. Lo mismo sucederá en Cuba con el Granma cuando caiga el castrismo que tienen como faro las Hebes, los Zaffaronis y demás chavistas criollos. Por supuesto que la hegemonía se realimenta con una educación ideológica por parte de los medios dominantes, pero el dominio es el de una forma de pensar, y éste no es producto de la concentración de los medios, sino de la estructura interna que le dieron quienes la crearon (que es la que hace viable que esa concentración pueda servir a la creación de un pensamiento único). No basta, por tanto, con crear espacios alternativos a un discurso hegemónico para derribarlo, sino que esos espacios deben ser invitaciones que no fracasen, que se transformen realmente en opciones que puedan convencer de su viabilidad. Desgraciadamente la "ley de medios" ni siquiera quiere agregar más opciones al rating presente, sino crear un tramposo abanico de voces idénticas, pro-kirchneristas, pro-socialismo del siglo XXI, para fundar una nueva hegemonía por la fuerza y un monopolio de facto. Y estas voces, además, deben ser idénticas, no por el mercado sino por una cadena de mando; por un proceso artificial de aprietes políticos y legislaciones socializantes. Víctor Hugo trabaja para un frente que no tiene de ejemplo a la BBC sino a TeleSUR.

Y vuelvo a lo anterior: digo que es el "peor set" porque hay muchas más cosas malas que decir del capitalismo y de la sociedad burguesa, pero las mentiras del nacionalpopulismo y el mercantilismo son sólo funcionales a la larga a una de dos cosas: o bien a la peor opción alternativa, la del colectivismo coercitivo de partido único (el "socialismo real"), o bien al beneficiario usual por rebote, la del individualismo capitalista, puro, sin fisuras y enteramente liberal, que queda como única opción funcional e ideológicamente más eficiente frente al totalitarismo.
Así que voy contra la médula del insincero discurso ideológico de Víctor Hugo Morales, que no es suyo ni por creación ni por adscripción. Es, en resumen, la clásica caricatura estatista actual sobre el "poder real" de las "corporaciones" (debemos fijarnos que es falaz este discurso desde el momento en que si el "poder real" es el poder de las corporaciones, entonces ¿es "irreal" el político?). En realidad ese "poder" plutocrático es el poder económico del mercado (poder en un sentido muy distinto al usual) y el "poder" (mejor dicho, el derecho) de los propietarios de hacer uso de sus bienes. Sólo como representantes del derecho burgués y las reglas de juego de mercado, las "corporaciones" (o sea, quitando la jerga left-liberal: las sociedades anónimas) tienen poder de negociación, pero un poder que usualmente no puede ir contra el mercado del cuál depende. Son capitalistas, al fin y al cabo. Las "corporaciones" (o sea, casi todas las empresas privadas) no pueden poner precios por sus productos que no sean los del mercado de consumo; no pueden crear salarios que no sean los que se negocien dentro de los límites del mercado de trabajo. Por más dinero que tengan, por más sobornos que paguen, sus mercados no van a darles nada a cambo gratis a menos que usen el poder real del Estado para forzarlo. Pero es precisamente de ese poder del que, en lo medular, el sistema capitalista debe encargarse de privar a sus miembros integrantes capitalistas, como bien explicó Schumpeter. El problema del capitalismo no es que su libertad individual sea irreal, sino que, precisamente, es real. La válida crítica a la sociedad liberal o mercantil es, sin extenderme demasiado, que está atrapada dentro un mecanismo social de intercambio libre en tanto aislado; con su segregación socioeconómica, sus clases reguladas por el equilibrio darwiniano de la oferta y la demanda; con todas sus explotaciones trágicamente voluntarias, dentro de una participación forzada por falta de autonomía de sus actores sociales independientes. Es mucho, sí, pero, con todo, los enemigos bienintencionados de este sistema no deben suponer que cualquier otro enemigo organizado del mismo pasa a ser su amigo, ni mucho menos que representen un sistema mejor.

Los malos críticos al liberalismo hacen, al menos en el corto plazo, más mal al liberalismo que los buenos críticos. Es natural que la retórica triunfe casi siempre sobre la lógica. Pero la realidad se cobra en especias el intento de hacer política social con ficciones.